Sintió el aire en su cara, observó la ciudad y saltó. Percibió el pasar de las horas, los meses y años en donde esperó paciente por el momento preciso, se vió a si mismo envuelto en aquel mar de lejanos recuerdos.
Podía ver en el viento todos sus sueños perdidos, su propia imaginación lanzada a la victoria, el baile al cual perteneció pero nunca fue invitado. Su propia razón inalcanzable durmiendo en los laureles de un pasado mejor.
El cemento se acercaba placentero, se lleva y se va sin destino este cuento traicionero. Aún sumergido en la mágica idea del renacer su pensamiento buscaba un nuevo amanecer.
Al fondo del precipicio esperaban los autores, debatiendo como siempre en busca de definir los colores. Uno a uno reconoció como parte de aquel todo que él mismo no pidió, venimos solos y nos vamos solos pensó, su final definido es un mal bien sabido.
Finalmente despertó, de aquel sueño visionado, de este mundo arraigado y buscando la razón. Aún vistiendo el sentido y unido al andar, se paró como todos los días y a su vida se lanzó a caminar.
Como magia, y sonrió.
Thursday, December 03, 2009
Friday, January 30, 2009
Suicidio
Hay cuentos de cuentos, eso escuché decir, pero en realidad cada uno de ellos tiene un aroma distinto que si bien nos resulta interesante o no lo hace único para ciertas personas, lo cataliza para si.
Pietro Castelgandolfi se levantó aquella mañana decidido. Se puso en pie y caminó hacia el cuarto de baño en donde mientras se cepillaba los dientes se miraba al espejo dándose cuenta que seguía allí como todos los años, que la vida pasaba sin querer o queriendo, que nos vamos deshaciendo con el sutil y tierno olor del viento. Se repetía un mantra extraño, casi sacado de un libro de niños, sus venas brotaban infladas de glóbulos rojos y parecían querer estallar, sus ojos, llenos de la esperanza propia de la infelicidad parpadeaban al ritmo del cepillo de dientes, aún el sonido del chorro del agua le recordaba en algo su razón.
Sacó un cuaderno viejo del escritorio que bordeaba su cama, leyó concentrado por un rato todas aquellas letras que decían todo pero que significaban nada, letras trazadas entre el bien y el mal, entre la cordura y la locura. La adrenalina corría por su cuerpo desde aquel día, no había forma de detenerla, ya era tarde para todo. Tomó un bolígrafo e hizo unas anotaciones, parecían ser el toque final de la obra maestra, un plan perfecto y sin equivocaciones, una sonrisa forzada se esbozó en su rostro al momento que la tinta dejó de rozar el papel.
Del closet tomó aquel traje hecho a la medida, de la mas fina tela italiana, su madre se lo había regalado hacía años atrás pero nunca había sido estrenado. Con sutileza lo colocó en la cama mientras se ponía las medias y un guardacamisa, se echaba colonia de a ratos y con recelo trataba de decidir que corbata usar. Los zapatos recién pulidos esperaban ansiosos a ser calzados, su brillo resplandecía con el sol de la mañana, su suela resbaladiza era muestra de su poco tiempo de uso, la perfección del momento era digna de un reloj suizo.
Encendió el vehículo y mientras dejaba que el frío motor tomara su curso limpió con recelo la tapicería de aquel lujoso modelo. Revisó cada centímetro para cerciorarse que la limpieza fuera total, ni una migaja de pan en las alfombras, ni un rastro de algún desliz anterior. Se seguía echando colonia para mantener un olor constante y eterno, con un pañito caliente limpiaba el volante y la palanca de cambios, no cabía duda que los errores no se permitían aquel día.
En la floristería recogió el encargo hecho la noche anterior, no sin antes cerciorarse que todo estuviese preparado a la medida del momento. Conversó por un largo rato con el vendedor, relató de manera precisa cada movimiento que lo había llevado a ese preciso instante. Fueron largas noches de esperanza, sueños infinitos, motivos de acero, lágrimas derramadas, sonrisas y carcajadas, cientos de horas de pensamientos centrados, lo mismo repetido, elevado a la máxima potencia, sin dudar por un momento de la perfección de todo aquello.
En el lobby del edificio se repetía uno a uno los pasos a seguir, con tanto cálculo no hay forma de fallar, entre pensar y pensar se nos va la vida y la dejamos pasar. Repasaba con el vigilante quien ya era parte de toda la historia cada detalle de aquel maravilloso devenir, un principio y un final, un comienzo un terminar, una razón para seguir, sin dejar nada adentro y vivir al cien por ciento. Su corazón latía fuertemente, con ganas de salirse del pecho, es solo esta vida un trecho en donde andamos en un camino, siempre destino o no volvemos por donde vinimos.
En su oficina ultimó algunos asuntos y ordenó todo lo que le rodeaba. Hizo algunas llamadas telefónicas y respondió otros tantos correos electrónicos. Mirándose a un espejo que le había pedido prestado a su secretaria se peinaba meticulosamente. Se paró y fue al baño en donde se limpió la cara de nuevo y se puso mas colonia. Arregló con cuidado su corbata y se sacudió el polvo del saco, repitiendo su mantra de nuevo regresó a su oficina en donde miró por la ventana el azul del cielo, observó por última vez aquel lugar de recuerdos.
Debajo del escritorio encontró el ramo de flores, de la gaveta sacó el anillo y se encaminó.
- “Te quiero” gritó a los cuatro vientos!, “siempre te amaré Cristina.”
- “Salte de aquí o llamo a la policía”……
Pietro Castelgandolfi se levantó aquella mañana decidido. Se puso en pie y caminó hacia el cuarto de baño en donde mientras se cepillaba los dientes se miraba al espejo dándose cuenta que seguía allí como todos los años, que la vida pasaba sin querer o queriendo, que nos vamos deshaciendo con el sutil y tierno olor del viento. Se repetía un mantra extraño, casi sacado de un libro de niños, sus venas brotaban infladas de glóbulos rojos y parecían querer estallar, sus ojos, llenos de la esperanza propia de la infelicidad parpadeaban al ritmo del cepillo de dientes, aún el sonido del chorro del agua le recordaba en algo su razón.
Sacó un cuaderno viejo del escritorio que bordeaba su cama, leyó concentrado por un rato todas aquellas letras que decían todo pero que significaban nada, letras trazadas entre el bien y el mal, entre la cordura y la locura. La adrenalina corría por su cuerpo desde aquel día, no había forma de detenerla, ya era tarde para todo. Tomó un bolígrafo e hizo unas anotaciones, parecían ser el toque final de la obra maestra, un plan perfecto y sin equivocaciones, una sonrisa forzada se esbozó en su rostro al momento que la tinta dejó de rozar el papel.
Del closet tomó aquel traje hecho a la medida, de la mas fina tela italiana, su madre se lo había regalado hacía años atrás pero nunca había sido estrenado. Con sutileza lo colocó en la cama mientras se ponía las medias y un guardacamisa, se echaba colonia de a ratos y con recelo trataba de decidir que corbata usar. Los zapatos recién pulidos esperaban ansiosos a ser calzados, su brillo resplandecía con el sol de la mañana, su suela resbaladiza era muestra de su poco tiempo de uso, la perfección del momento era digna de un reloj suizo.
Encendió el vehículo y mientras dejaba que el frío motor tomara su curso limpió con recelo la tapicería de aquel lujoso modelo. Revisó cada centímetro para cerciorarse que la limpieza fuera total, ni una migaja de pan en las alfombras, ni un rastro de algún desliz anterior. Se seguía echando colonia para mantener un olor constante y eterno, con un pañito caliente limpiaba el volante y la palanca de cambios, no cabía duda que los errores no se permitían aquel día.
En la floristería recogió el encargo hecho la noche anterior, no sin antes cerciorarse que todo estuviese preparado a la medida del momento. Conversó por un largo rato con el vendedor, relató de manera precisa cada movimiento que lo había llevado a ese preciso instante. Fueron largas noches de esperanza, sueños infinitos, motivos de acero, lágrimas derramadas, sonrisas y carcajadas, cientos de horas de pensamientos centrados, lo mismo repetido, elevado a la máxima potencia, sin dudar por un momento de la perfección de todo aquello.
En el lobby del edificio se repetía uno a uno los pasos a seguir, con tanto cálculo no hay forma de fallar, entre pensar y pensar se nos va la vida y la dejamos pasar. Repasaba con el vigilante quien ya era parte de toda la historia cada detalle de aquel maravilloso devenir, un principio y un final, un comienzo un terminar, una razón para seguir, sin dejar nada adentro y vivir al cien por ciento. Su corazón latía fuertemente, con ganas de salirse del pecho, es solo esta vida un trecho en donde andamos en un camino, siempre destino o no volvemos por donde vinimos.
En su oficina ultimó algunos asuntos y ordenó todo lo que le rodeaba. Hizo algunas llamadas telefónicas y respondió otros tantos correos electrónicos. Mirándose a un espejo que le había pedido prestado a su secretaria se peinaba meticulosamente. Se paró y fue al baño en donde se limpió la cara de nuevo y se puso mas colonia. Arregló con cuidado su corbata y se sacudió el polvo del saco, repitiendo su mantra de nuevo regresó a su oficina en donde miró por la ventana el azul del cielo, observó por última vez aquel lugar de recuerdos.
Debajo del escritorio encontró el ramo de flores, de la gaveta sacó el anillo y se encaminó.
- “Te quiero” gritó a los cuatro vientos!, “siempre te amaré Cristina.”
- “Salte de aquí o llamo a la policía”……
Thursday, October 23, 2008
Así es mejor...
Estaba acostado en su cama, la misma de siempre, la única que conocía. Al moverse para buscar una posición más cómoda para caer en ese estado de surrealismo característico de los sueños pudo ver como se acercaban y se detenían frente a él. Exigían respuestas, su decisión de hacerles ver el mundo a través de su historia les había cambiado su existencia, ahora venían a demandar una explicación, una razón para poder seguir o simplemente dejar de existir.
Miraba con flojera el teclado, eran aquellos días de la historia donde simplemente no hay motivos alcanzables. Sus ojos vidriosos se posaban sobre cada objeto que conocía desde siempre, sus manos trataban de ordenar aquello que su perdida mente expulsaba hacia el infinito, recuerdos de un pasado no muy lejano le embargaban aquella madrugada, sin pasar del pasado al futuro, simplemente estables en su macabro encanto, en aquel momento que llamamos presente.
Buscaba la forma de salir de aquellos minutos descontrolados, tomaba un sorbo de agua, tarareaba una canción, se repetía a si mismo una especie de tantra salvador que milagrosamente acabaría con aquel álgido punto de su andar. Recordó que todo se encontraba unido por un mismo hilo, que sin querer o queriendo venimos a realizar un hecho predeterminado que mostrará consecuencias inevitables en la cadencia significativa del curso indetenible.
Julio Mondragón era un caraqueño mas, mas de lo mismo se podría afirmar. Todas las mañanas tomaba su taza de café pues su padre hacía lo mismo, conversaba un rato acerca de la situación del país pues era el tema de moda y se iba a su trabajo en donde mecánicamente pasaba las horas soñando con cualquier situación que le inyectara especies a su vida. En su potente camioneta surcaba las calles de la ciudad, ajeno al bullicio afuera de los vidrios, concentrado en su quehacer, y en aquello que robaba su paz por el simple hecho de hacer.
Graciela Henríquez pululaba el planeta, en su carro último modelo se desplazaba a la universidad mientras entonaba algún himno comercial que salía de las potentes cornetas instaladas en su vehículo. Sin usar la mente o la imaginación se trazaba metas que podía leer en una revista, hacía lo que todos hacían, disfrutaba del legado de la fama incomprensible que surcaba el viento capitalino, vivía, ella tenía esa capacidad, podía vivir cuando el planeta sobrevivía, aquel día no era distinto, el calendario estaba planeado y aprobado.
María Laura Espina trabajaba en aquel hospital, lo hacía por hacerlo, nunca por necesidad, los caballos de salto eran su pasión, adquirida desde niña, se tiene o no se tiene. Quizás aquel lugar la acercaba a lo humano, o resaltaba su deseo de aparecer, es difícil creer sin crecer no es lo mismo vivir que sentir. Cuando el aburrimiento nos hace presa o pensamos tenerlo todo, degeneramos, sin querer, pero lo hacemos, se toman distintos caminos, pero es en uno solo donde encontramos.
Manuel Gasparri era un afamado médico capitalino, con todo a favor, con un andar viento en popa, con aquellos intangibles que le hacían envidiable, lleno de gozo y felicidad y con muchas historias que contar. Fiel a su creencia de llevarse por el medio a todo el planeta para lograr su cometido se reía lentamente admirando lo adquirido, se pierde y se gana en un instante pero el sabor de lo perdurable es como un monstruo detestable, aún sin rumbo fijo y entrado en sus años jugar con la vida y sus frutos es solo una parte del peldaño, si ten dan razones aprovechas si te alejas te alienan las moralejas.
Alegra Romarín de Gasparri se relajaba, no había necesidad de preocuparse cuando con levantar el teléfono se resuelve una vida entera. Eres o no eres, no existen medias tintas, se sufre o se disfruta, hay veces que es mejor saber sin darse cuenta que darse cuenta sin poder. Entre fundaciones y cócteles su peregrinar era suavizado, sin mirar mas allá de sus narices te entretienes entre tantos matices. Acicalada y entonada se lanzaba a la cruzada, hay un momento en el andar donde nada ni nadie detiene la asonada.
A 180 km/h se desplazaba en una calle con límite de 30 km/h, sin pensar en consecuencias y con el apoyo del mandato se sentía libre como el viento que sin preguntar roza nuestras vidas. Se agachó a buscar los lentes de sol que se habían caído mientras soñaba con aquella noche, donde finalmente se consumarían sus esfuerzos, donde mostraría a su alma su capacidad de sorprenderse, buscamos y no encontramos, nos llega sin haber pedido. Alzó la mirada ya con sus lentes puestos y sin tener tiempo a reaccionar vió aquella fugaz sombra detener su caminar, el sonido inconfundible de la hora del llegar.
Pensaba que aquel día sería bueno, pensar lo contrario no era parte de su libreto, hablaba libremente por su celular con una conocida de la cual algo podía sacar, buscaba darle sentido a su acostumbrada realidad. La revista en el asiento del copiloto mostraba muchas cosas que comprar, si tienes eres de lo contrario luchas. Hundida en ese triste caminar trataba de llenar con la fuerza del poder, tener es poder, querer es sufrir. De alguna manera pasaría aquel día, la noche caería para volver a tener esperanzas, unas horas aquí y otras allá, se va el momento se encuentra la paz. Nunca sintió que la embistió, mucho menos le vió.
Debajo de la bata de enfermera llevaba algo escondido, iluminada y tersa, esperando el momento adecuado para caer en tentación. La rutina se había distanciado, sus sueños quebrados con el pasar del minuto, esperaba tranquila, la espera de esas, desconocida y desquiciada. El mismo matiz resquebrajado inundaba su mente aquella mañana, la decisión estaba tomada, enfrentar sin mas pensar, es un paso, son dos pasos se convierte en un andar.
Con su parsimonia habitual revisaba unas historias de pacientes que poco le importaban, se reía al pensar que su vida dejarían al pasar por el ambiente, hay razones latentes y poca gente prudente. Planeaba alguna vacación lejana, desvirtuada de la realidad, carente de sentido, endemoniada y superficial. Era un día cualquiera, etéreo sin destino, sin mayor razón, sin lugar, de esos que hay que pasar para en nuestras mentes llegar. Subió la mirada y vió aquella sombra caminar, hay momentos con motivos que enfrentar.
Feliz por haberse liberado, al menos en su entender, cruzaba la ciudad de un extremo a otro, llevaba confianza desbordada y soluciones encontradas, eterna y sabida buscaba una lágrima de felicidad consabida. No se detenía en su pasar, los sueños vuelan con una rapidez difícil a lo ocular, revisaba con cuidado que decir y como actuar, decisiones ya tomadas del pasado ya se harán.
El fuerte golpe le penetró el alma, más no la vida, una especie de olor a quemado con metal reluciente consumaron sus fosas nasales. Hay momentos en los cuales no hay tiempo de nada, la nada se apodera, ese instante carente de sentido en donde preguntas el porqué de haber vivido. Recostado y con dolores nunca antes imaginados esperaba por algún signo de coherencia, esperaba entre aquí y más allá, ya tramando una historia, apesadumbrado por la suerte de la gloria.
Inconsciente, en ese estado de decencia y pulcritud que humanamente se desvía, se debatía entre lo vivo y lo obscuro, recordaba alguna infancia del pasado bien lejano, un lugar maravilloso o una simple reacción de la química porcentual al momento de escapar. Sin tiempo ni espacio que ganar rodeaba el desastre de metal, inerte y sin pulso veía su existencia pasar, es el detalle que no se nos puede olvidar.
Decidida y enfrentada se abalanzó sobre el galeno, no mas mentiras, no mas temores, era fácil entender su reacción por el pasar, culminando las acciones revirtiendo la normalidad. La batalla inició como de esperarse, una defensa y un ataque, un abrir de ojos y la sangre palpitante, el calor de lo esperado, ya descubierto el sentido es solo cuestión de albergar el abismo, decides si te quedas o al irte desvaneces.
Finalmente has llegado, sintió en sus entrañas gozar, con sonrisa esbozada y moralidad poco avanzada repitió en su haber las cadencias del placer. Conquistando lo mundano y repartiendo esperanzas se vive y se anda en un instante, la clausura de la mente consecuencias indecentes, confinado por condena liberado por la pena.
El número final hizo al paramédico marcar, ella atendió esperando su gloriosa voz escuchar, le avisaron como a todos que un día cualquiera se cambia el final en un abrir de ojos. Desesperada llamaba al galeno, tenía que salvar al pecado, no importa descubrir si se tiene que seguir, mejor dolor ahora que un futuro en las sombras, las dudas son parte del existir y la certeza camina con mentiras adornadas en busca de una presa.
En la mesa de operaciones el galeno luchaba fieramente por salvar no una pero dos, aún aturdido por el caso de liberación. Intentaba, trataba, buscaba, sin lograr avisar una satisfacción inmediata a aquel desastre encontrado. Uno más o uno menos era poca la preocupación, la culpa no tiene dolientes y siempre busca contingentes, aquel paraíso lejano rodeaba su mente sin poder concentrarse, entregó sus credenciales y se limitó a ser parte.
Afuera y con sorpresa se encontraban el galeno, la enfermera y la esposa, confusión es otra cosa, la verdad es infinita. Todos entendiendo se miraron y afirmaron con la vista lo sucedido en un momento, se pasa el tiempo sin nada, se van las horas sudadas, buscas en lo mas hondo por un pedacito de razón y no te queda otro remedio que entender el perdón.
Allí parados exigían razones, en un sueño su existir había cambiado, como una mente tan macabra osaba voltearles lo normal, devolverles lo robado o pagar por adelantado. Allí parados, parados solitarios, en la tranquilidad de la noche, descubiertos y al vacío, sin saber si ordenar o por el contrario desaparecer para olvidar. Mirándolos uno a uno simplemente cerró los ojos y se volvió a dormir…
Miraba con flojera el teclado, eran aquellos días de la historia donde simplemente no hay motivos alcanzables. Sus ojos vidriosos se posaban sobre cada objeto que conocía desde siempre, sus manos trataban de ordenar aquello que su perdida mente expulsaba hacia el infinito, recuerdos de un pasado no muy lejano le embargaban aquella madrugada, sin pasar del pasado al futuro, simplemente estables en su macabro encanto, en aquel momento que llamamos presente.
Buscaba la forma de salir de aquellos minutos descontrolados, tomaba un sorbo de agua, tarareaba una canción, se repetía a si mismo una especie de tantra salvador que milagrosamente acabaría con aquel álgido punto de su andar. Recordó que todo se encontraba unido por un mismo hilo, que sin querer o queriendo venimos a realizar un hecho predeterminado que mostrará consecuencias inevitables en la cadencia significativa del curso indetenible.
Julio Mondragón era un caraqueño mas, mas de lo mismo se podría afirmar. Todas las mañanas tomaba su taza de café pues su padre hacía lo mismo, conversaba un rato acerca de la situación del país pues era el tema de moda y se iba a su trabajo en donde mecánicamente pasaba las horas soñando con cualquier situación que le inyectara especies a su vida. En su potente camioneta surcaba las calles de la ciudad, ajeno al bullicio afuera de los vidrios, concentrado en su quehacer, y en aquello que robaba su paz por el simple hecho de hacer.
Graciela Henríquez pululaba el planeta, en su carro último modelo se desplazaba a la universidad mientras entonaba algún himno comercial que salía de las potentes cornetas instaladas en su vehículo. Sin usar la mente o la imaginación se trazaba metas que podía leer en una revista, hacía lo que todos hacían, disfrutaba del legado de la fama incomprensible que surcaba el viento capitalino, vivía, ella tenía esa capacidad, podía vivir cuando el planeta sobrevivía, aquel día no era distinto, el calendario estaba planeado y aprobado.
María Laura Espina trabajaba en aquel hospital, lo hacía por hacerlo, nunca por necesidad, los caballos de salto eran su pasión, adquirida desde niña, se tiene o no se tiene. Quizás aquel lugar la acercaba a lo humano, o resaltaba su deseo de aparecer, es difícil creer sin crecer no es lo mismo vivir que sentir. Cuando el aburrimiento nos hace presa o pensamos tenerlo todo, degeneramos, sin querer, pero lo hacemos, se toman distintos caminos, pero es en uno solo donde encontramos.
Manuel Gasparri era un afamado médico capitalino, con todo a favor, con un andar viento en popa, con aquellos intangibles que le hacían envidiable, lleno de gozo y felicidad y con muchas historias que contar. Fiel a su creencia de llevarse por el medio a todo el planeta para lograr su cometido se reía lentamente admirando lo adquirido, se pierde y se gana en un instante pero el sabor de lo perdurable es como un monstruo detestable, aún sin rumbo fijo y entrado en sus años jugar con la vida y sus frutos es solo una parte del peldaño, si ten dan razones aprovechas si te alejas te alienan las moralejas.
Alegra Romarín de Gasparri se relajaba, no había necesidad de preocuparse cuando con levantar el teléfono se resuelve una vida entera. Eres o no eres, no existen medias tintas, se sufre o se disfruta, hay veces que es mejor saber sin darse cuenta que darse cuenta sin poder. Entre fundaciones y cócteles su peregrinar era suavizado, sin mirar mas allá de sus narices te entretienes entre tantos matices. Acicalada y entonada se lanzaba a la cruzada, hay un momento en el andar donde nada ni nadie detiene la asonada.
A 180 km/h se desplazaba en una calle con límite de 30 km/h, sin pensar en consecuencias y con el apoyo del mandato se sentía libre como el viento que sin preguntar roza nuestras vidas. Se agachó a buscar los lentes de sol que se habían caído mientras soñaba con aquella noche, donde finalmente se consumarían sus esfuerzos, donde mostraría a su alma su capacidad de sorprenderse, buscamos y no encontramos, nos llega sin haber pedido. Alzó la mirada ya con sus lentes puestos y sin tener tiempo a reaccionar vió aquella fugaz sombra detener su caminar, el sonido inconfundible de la hora del llegar.
Pensaba que aquel día sería bueno, pensar lo contrario no era parte de su libreto, hablaba libremente por su celular con una conocida de la cual algo podía sacar, buscaba darle sentido a su acostumbrada realidad. La revista en el asiento del copiloto mostraba muchas cosas que comprar, si tienes eres de lo contrario luchas. Hundida en ese triste caminar trataba de llenar con la fuerza del poder, tener es poder, querer es sufrir. De alguna manera pasaría aquel día, la noche caería para volver a tener esperanzas, unas horas aquí y otras allá, se va el momento se encuentra la paz. Nunca sintió que la embistió, mucho menos le vió.
Debajo de la bata de enfermera llevaba algo escondido, iluminada y tersa, esperando el momento adecuado para caer en tentación. La rutina se había distanciado, sus sueños quebrados con el pasar del minuto, esperaba tranquila, la espera de esas, desconocida y desquiciada. El mismo matiz resquebrajado inundaba su mente aquella mañana, la decisión estaba tomada, enfrentar sin mas pensar, es un paso, son dos pasos se convierte en un andar.
Con su parsimonia habitual revisaba unas historias de pacientes que poco le importaban, se reía al pensar que su vida dejarían al pasar por el ambiente, hay razones latentes y poca gente prudente. Planeaba alguna vacación lejana, desvirtuada de la realidad, carente de sentido, endemoniada y superficial. Era un día cualquiera, etéreo sin destino, sin mayor razón, sin lugar, de esos que hay que pasar para en nuestras mentes llegar. Subió la mirada y vió aquella sombra caminar, hay momentos con motivos que enfrentar.
Feliz por haberse liberado, al menos en su entender, cruzaba la ciudad de un extremo a otro, llevaba confianza desbordada y soluciones encontradas, eterna y sabida buscaba una lágrima de felicidad consabida. No se detenía en su pasar, los sueños vuelan con una rapidez difícil a lo ocular, revisaba con cuidado que decir y como actuar, decisiones ya tomadas del pasado ya se harán.
El fuerte golpe le penetró el alma, más no la vida, una especie de olor a quemado con metal reluciente consumaron sus fosas nasales. Hay momentos en los cuales no hay tiempo de nada, la nada se apodera, ese instante carente de sentido en donde preguntas el porqué de haber vivido. Recostado y con dolores nunca antes imaginados esperaba por algún signo de coherencia, esperaba entre aquí y más allá, ya tramando una historia, apesadumbrado por la suerte de la gloria.
Inconsciente, en ese estado de decencia y pulcritud que humanamente se desvía, se debatía entre lo vivo y lo obscuro, recordaba alguna infancia del pasado bien lejano, un lugar maravilloso o una simple reacción de la química porcentual al momento de escapar. Sin tiempo ni espacio que ganar rodeaba el desastre de metal, inerte y sin pulso veía su existencia pasar, es el detalle que no se nos puede olvidar.
Decidida y enfrentada se abalanzó sobre el galeno, no mas mentiras, no mas temores, era fácil entender su reacción por el pasar, culminando las acciones revirtiendo la normalidad. La batalla inició como de esperarse, una defensa y un ataque, un abrir de ojos y la sangre palpitante, el calor de lo esperado, ya descubierto el sentido es solo cuestión de albergar el abismo, decides si te quedas o al irte desvaneces.
Finalmente has llegado, sintió en sus entrañas gozar, con sonrisa esbozada y moralidad poco avanzada repitió en su haber las cadencias del placer. Conquistando lo mundano y repartiendo esperanzas se vive y se anda en un instante, la clausura de la mente consecuencias indecentes, confinado por condena liberado por la pena.
El número final hizo al paramédico marcar, ella atendió esperando su gloriosa voz escuchar, le avisaron como a todos que un día cualquiera se cambia el final en un abrir de ojos. Desesperada llamaba al galeno, tenía que salvar al pecado, no importa descubrir si se tiene que seguir, mejor dolor ahora que un futuro en las sombras, las dudas son parte del existir y la certeza camina con mentiras adornadas en busca de una presa.
En la mesa de operaciones el galeno luchaba fieramente por salvar no una pero dos, aún aturdido por el caso de liberación. Intentaba, trataba, buscaba, sin lograr avisar una satisfacción inmediata a aquel desastre encontrado. Uno más o uno menos era poca la preocupación, la culpa no tiene dolientes y siempre busca contingentes, aquel paraíso lejano rodeaba su mente sin poder concentrarse, entregó sus credenciales y se limitó a ser parte.
Afuera y con sorpresa se encontraban el galeno, la enfermera y la esposa, confusión es otra cosa, la verdad es infinita. Todos entendiendo se miraron y afirmaron con la vista lo sucedido en un momento, se pasa el tiempo sin nada, se van las horas sudadas, buscas en lo mas hondo por un pedacito de razón y no te queda otro remedio que entender el perdón.
Allí parados exigían razones, en un sueño su existir había cambiado, como una mente tan macabra osaba voltearles lo normal, devolverles lo robado o pagar por adelantado. Allí parados, parados solitarios, en la tranquilidad de la noche, descubiertos y al vacío, sin saber si ordenar o por el contrario desaparecer para olvidar. Mirándolos uno a uno simplemente cerró los ojos y se volvió a dormir…
Wednesday, March 26, 2008
X
Algo extraño había sucedido con aquel hombre, si es que podemos llamar extraño al acontecer diario en este putrefacto lugar. Llegó muy temprano al trabajo, el mismo trabajo que había mantenido durante años, aquel donde encontró la seguridad establecida, lugar donde se fueron sus ideas al vacío. Sin pensarlo dos veces se orinó en las sillas de sus dos supervisoras, no conforme con esto procedió a verter ácido muriático sobre todos los archivos que por años le habían acompañado. No es fácil describir lo que se siente aquí abajo, razones hay de sobra pero no basta con encontrarlas, caminando con una sonrisa en su cara pues nunca perdió el sentido del humor se dirigió al cuarto de comedor en donde prendió todos los artefactos eléctricos allí encontrados y comenzó a hacer vasos y vasos de café aunque en su vida había tomado ni un sorbo de aquella droga aceptada. Esperó paciente el momento que estaba por llegar, rodeado de vasos de café humeantes que le hacían compañía y con una rosquilla gigante en su mano subió la mirada cuando su supervisora entró despavorida, pálida, enfurecida, y sin mediar palabras le señaló la puerta, de salida claro está. Mordió aquella rosquilla sabrosa y le ofreció una mordida a su supervisora, luego se paró, hizo una reverencia y se marchó sin notar el más mínimo cambio en su constante y habitual estado de mente, es que somos lo que somos.
Salió a la calle en donde la luz del sol confundía a los transeúntes pues en realidad no quemaba, el sol, como otros, se había rendido en el camino. El rayado peatonal era largo y muy blanco, parecía sacado de una película, gozaba de una perfección admirable, por supuesto, era un paso peatonal. No vió venir el carro que a toda velocidad se aproximaba, la mujer emperifollada y lista para conquistar el mundo traía el pie hasta el fondo del acelerador, la fuerte música que salía de las cornetas no le permitía pensar, quizás era el olor penetrante de su perfume recién salido al mercado. Volteó y vio aquella sombra amenazadora venirse sobre él, la vida no le pasó enfrente de si mismo en un segundo, no recordó a sus seres queridos ni pidió perdón al Todopoderoso, ni una gota de adrenalina se filtró en su cuerpo, nada, la nada, ni un sentimiento afloró mientras el ruido estruendoso del frenado le causó cierta molestia en el tímpano y ni siquiera forzó su mirada hacia el vehículo que quedó a escasos milímetros de su pantalón de tela marrón. Miró el semáforo y comprendió que de nuevo tenía la razón, es solo que a veces no basta con tenerla hay que también entenderla. La dama del carro gritó en la lejanía “es acaso que tu tienes aceite en las venas?”
Entró al banco, aquel que estaba situado en el centro de la ciudad, con un decorado barroco y una iluminación precaria, dio un paseo sin sentido por cada ventanilla del mismo y decidió pararse en la número siete, desde niño le gustó aquel número y no por considerarlo de la suerte, simplemente le gustaba. Le pidió a la cajera que le entregara todo el dinero que había en la bóveda, acto seguido sonrió y le dijo que se trataba de una broma, la mujer que había perdido la coloración además de sentir un calorcito en la entrepierna le advirtió que podía ir a la cárcel por su “bromita” pesada y que lo dejaría pasar esta vez pues se encontraba feliz ya que finalmente había conseguido novio. Retiró todo el dinero de la cuenta, no tenía mucho en realidad, colocó aquellos papelitos de colores dentro de su billetera y se dispuso a salir. El ladrón, el verdadero ladrón, gritó que le entregaran todo el dinero, la cajera entre lágrimas y sollozos pidió que no la mataran, que le darían lo que él pidiera. Se encaminó hacia el hombre que demandaba el dinero y se paró a su lado, le indicó que era mejor si se iba de aquel lugar y abandonaba la idea de robar el banco, el ladrón sin poder creer aquello le puso la pistola en la cabeza profiriendo unos cuantos insultos, de nuevo le pidió que se fuera del banco, que hasta él mismo lo acompañaba y le compraba el almuerzo. El anti-social ya desesperado le dio un ultimátum, y justo cuando se aplomaba para disparar la alarma del banco sonó, tomó de la mano al ladrón y se lo llevó hacia la calle, le entregó su dinero y le dijo que se fuera. El ladrón aún sin poder dar crédito a lo sucedido trató de explicar sus razones, el hombre tenía las de él, todos tenemos algunas, y por eso nunca estaremos de acuerdo.
Se fue a su casa en donde luego de tomar un largo baño con agua hirviendo se afeitó y se vistió con un pulcro traje italiano. Se miró al espejo y vió lo que siempre había visto, ni un solo cambio, es solo que no aprendemos a mirar lo que en realidad hay que ver. Después de revisar que todo estaba en orden se puso en marcha, los zapatos negros brillaban en contraste con la luz de aquel iluminado salón de fiestas, la algarabía propia del momento se confundía con la cotidianeidad de cada ser viviente, los colores cansados de su tono suplicaban que les fuera permitido cambiar, es que hay momentos en donde hasta a la poesía le da pereza rimar. La fiesta andaba sobre ruedas, tal cual se planeó cuando se sentó a su lado aquel banquero temerario, después de un simple saludo, y al ver que no existía ninguna reacción le informó que los mercados capitales se habían venido a menos, irrecuperables, una avalancha de destrucción nunca antes vista, todo, todo regado por el piso, la mera ilusión de un descanso eterno venido a menos, sin esperanza se vive, pero la espera se hace larga. Sacó su billetera y le entregó el último papel que ella contenía, sonrió y se paro de la mesa, sin siquiera levantar la mirada salió sin que nadie lo notara, para que te vean debe haber una razón, si la perdiste pues no tienes perdón
Decidió caminar hacia su aposento, había sido un día largo, aunque nunca había entendido aquel concepto pues todos, hasta donde él sabía, tenían veinte y cuatro horas, a lo lejos vió unas luces de colores, escuchó las sirenas y se encaminó. No tenía nada que hacer, nadie le esperaba, decidió husmear y vió los pedazos de metal retorcido, cada quien busca lo que quiere, todos encontramos lo que nunca hemos deseado. De pronto un oficial de la policía se le paró al frente y sin mediar palabras le colocó las esposas en sus muñecas. Sin entender pero dispuesto a complacer se limitó a sonreír y esperar. En aquella buseta y rodeado de desconocidos lo paseaban por la ciudad, las amenazas no faltaban, las acusaciones volaban. Entendió al fin que de una manera u otra vamos pero no venimos, se trata de ir y no volver. En la central lo recibieron a patadas y empujones, después de pasar un rato allí sentado, vejado, disminuido, entró a aquel cuarto mal oliente y feamente pintado un hombre mal encarado, tu no le tienes miedo a la maldad policíaca? se limitó a decir, en ese instante otro se acercó y le susurró algo al oído, el hombre le quitó las esposas y le dijo que se fuera, un error o algo así murmuró, las razones las buscamos, sin encontrarlas agonizamos.
Sin sudar ni una gota ni pensar en lo sucedido caminó tranquilo por aquellas avenidas y calles, la noche estaba bien entrada y apenas quedaban rastros de aquel día en el reflejo de la ciudad. Por un instante pensó en quedarse allí para siempre, estático, plasmado y confundido entre las ruinas del quehacer mundano, es lo mismo si estás y no notan si te vas. Su esposa estaba de viaje, si no hay diferencia no hay motivos para la paciencia. Entró al apartamento y escuchó unos ruidos que llevaba tiempo sin reconocer, allí en la sala su otrora amigo y su esposa jugaban plácidamente a aquel juego del cual siempre deseó escapar, cada quien cruzó las miradas necesarias del caso y el par de tórtolos comenzaron una explicación encadenada de aquellas razones que siempre debemos brindar, luego de un silencio ensordecedor, la esposa se plantó y le pidió que se fuera de la casa, que ese no era su hogar, que allí no pertenecía y no debía estar, ni siquiera la soledad de aquel momento sombrío lo hizo rechistar, sonriendo tomó de nuevo su saco y a la calle se echó a andar.
Durmiendo en un banco de aquel parque soñó como hacía todos los días, aquella mezcla de razones y motivos que nos acarician mientras no vemos. La pesadilla entró con rapidez y parecía no tener ganas de alejarse, se tornó violenta y misteriosa, un caudal de situaciones del pasado pero que no eran otra cosa que el presente, ese pequeño instante para pasar al futuro, un futuro que logró ver desde siempre pero que quiso encarar en carne propia. Se ensañaban en contra de su ser, aquella voz que siempre susurraba sus razones repetía con constancia y placer las verdades que se alojaban en su interior, una a una, poco a poco, sin piedad ni misericordia, esperando el momento preciso para llevárselo todo, ha llegado tu hora, es acaso que no la estabas esperando?, abrió los ojos y se encontraba tan tranquilo como la noche anterior, como el día anterior, como su vida anterior.
Un niñito que esperaba el autobús para comenzar su día preguntó “señor, a usted no le da miedo dormir aquí solito sin sus papás?, en ese momento recordé que solo me tengo miedo a mi mismo…
Salió a la calle en donde la luz del sol confundía a los transeúntes pues en realidad no quemaba, el sol, como otros, se había rendido en el camino. El rayado peatonal era largo y muy blanco, parecía sacado de una película, gozaba de una perfección admirable, por supuesto, era un paso peatonal. No vió venir el carro que a toda velocidad se aproximaba, la mujer emperifollada y lista para conquistar el mundo traía el pie hasta el fondo del acelerador, la fuerte música que salía de las cornetas no le permitía pensar, quizás era el olor penetrante de su perfume recién salido al mercado. Volteó y vio aquella sombra amenazadora venirse sobre él, la vida no le pasó enfrente de si mismo en un segundo, no recordó a sus seres queridos ni pidió perdón al Todopoderoso, ni una gota de adrenalina se filtró en su cuerpo, nada, la nada, ni un sentimiento afloró mientras el ruido estruendoso del frenado le causó cierta molestia en el tímpano y ni siquiera forzó su mirada hacia el vehículo que quedó a escasos milímetros de su pantalón de tela marrón. Miró el semáforo y comprendió que de nuevo tenía la razón, es solo que a veces no basta con tenerla hay que también entenderla. La dama del carro gritó en la lejanía “es acaso que tu tienes aceite en las venas?”
Entró al banco, aquel que estaba situado en el centro de la ciudad, con un decorado barroco y una iluminación precaria, dio un paseo sin sentido por cada ventanilla del mismo y decidió pararse en la número siete, desde niño le gustó aquel número y no por considerarlo de la suerte, simplemente le gustaba. Le pidió a la cajera que le entregara todo el dinero que había en la bóveda, acto seguido sonrió y le dijo que se trataba de una broma, la mujer que había perdido la coloración además de sentir un calorcito en la entrepierna le advirtió que podía ir a la cárcel por su “bromita” pesada y que lo dejaría pasar esta vez pues se encontraba feliz ya que finalmente había conseguido novio. Retiró todo el dinero de la cuenta, no tenía mucho en realidad, colocó aquellos papelitos de colores dentro de su billetera y se dispuso a salir. El ladrón, el verdadero ladrón, gritó que le entregaran todo el dinero, la cajera entre lágrimas y sollozos pidió que no la mataran, que le darían lo que él pidiera. Se encaminó hacia el hombre que demandaba el dinero y se paró a su lado, le indicó que era mejor si se iba de aquel lugar y abandonaba la idea de robar el banco, el ladrón sin poder creer aquello le puso la pistola en la cabeza profiriendo unos cuantos insultos, de nuevo le pidió que se fuera del banco, que hasta él mismo lo acompañaba y le compraba el almuerzo. El anti-social ya desesperado le dio un ultimátum, y justo cuando se aplomaba para disparar la alarma del banco sonó, tomó de la mano al ladrón y se lo llevó hacia la calle, le entregó su dinero y le dijo que se fuera. El ladrón aún sin poder dar crédito a lo sucedido trató de explicar sus razones, el hombre tenía las de él, todos tenemos algunas, y por eso nunca estaremos de acuerdo.
Se fue a su casa en donde luego de tomar un largo baño con agua hirviendo se afeitó y se vistió con un pulcro traje italiano. Se miró al espejo y vió lo que siempre había visto, ni un solo cambio, es solo que no aprendemos a mirar lo que en realidad hay que ver. Después de revisar que todo estaba en orden se puso en marcha, los zapatos negros brillaban en contraste con la luz de aquel iluminado salón de fiestas, la algarabía propia del momento se confundía con la cotidianeidad de cada ser viviente, los colores cansados de su tono suplicaban que les fuera permitido cambiar, es que hay momentos en donde hasta a la poesía le da pereza rimar. La fiesta andaba sobre ruedas, tal cual se planeó cuando se sentó a su lado aquel banquero temerario, después de un simple saludo, y al ver que no existía ninguna reacción le informó que los mercados capitales se habían venido a menos, irrecuperables, una avalancha de destrucción nunca antes vista, todo, todo regado por el piso, la mera ilusión de un descanso eterno venido a menos, sin esperanza se vive, pero la espera se hace larga. Sacó su billetera y le entregó el último papel que ella contenía, sonrió y se paro de la mesa, sin siquiera levantar la mirada salió sin que nadie lo notara, para que te vean debe haber una razón, si la perdiste pues no tienes perdón
Decidió caminar hacia su aposento, había sido un día largo, aunque nunca había entendido aquel concepto pues todos, hasta donde él sabía, tenían veinte y cuatro horas, a lo lejos vió unas luces de colores, escuchó las sirenas y se encaminó. No tenía nada que hacer, nadie le esperaba, decidió husmear y vió los pedazos de metal retorcido, cada quien busca lo que quiere, todos encontramos lo que nunca hemos deseado. De pronto un oficial de la policía se le paró al frente y sin mediar palabras le colocó las esposas en sus muñecas. Sin entender pero dispuesto a complacer se limitó a sonreír y esperar. En aquella buseta y rodeado de desconocidos lo paseaban por la ciudad, las amenazas no faltaban, las acusaciones volaban. Entendió al fin que de una manera u otra vamos pero no venimos, se trata de ir y no volver. En la central lo recibieron a patadas y empujones, después de pasar un rato allí sentado, vejado, disminuido, entró a aquel cuarto mal oliente y feamente pintado un hombre mal encarado, tu no le tienes miedo a la maldad policíaca? se limitó a decir, en ese instante otro se acercó y le susurró algo al oído, el hombre le quitó las esposas y le dijo que se fuera, un error o algo así murmuró, las razones las buscamos, sin encontrarlas agonizamos.
Sin sudar ni una gota ni pensar en lo sucedido caminó tranquilo por aquellas avenidas y calles, la noche estaba bien entrada y apenas quedaban rastros de aquel día en el reflejo de la ciudad. Por un instante pensó en quedarse allí para siempre, estático, plasmado y confundido entre las ruinas del quehacer mundano, es lo mismo si estás y no notan si te vas. Su esposa estaba de viaje, si no hay diferencia no hay motivos para la paciencia. Entró al apartamento y escuchó unos ruidos que llevaba tiempo sin reconocer, allí en la sala su otrora amigo y su esposa jugaban plácidamente a aquel juego del cual siempre deseó escapar, cada quien cruzó las miradas necesarias del caso y el par de tórtolos comenzaron una explicación encadenada de aquellas razones que siempre debemos brindar, luego de un silencio ensordecedor, la esposa se plantó y le pidió que se fuera de la casa, que ese no era su hogar, que allí no pertenecía y no debía estar, ni siquiera la soledad de aquel momento sombrío lo hizo rechistar, sonriendo tomó de nuevo su saco y a la calle se echó a andar.
Durmiendo en un banco de aquel parque soñó como hacía todos los días, aquella mezcla de razones y motivos que nos acarician mientras no vemos. La pesadilla entró con rapidez y parecía no tener ganas de alejarse, se tornó violenta y misteriosa, un caudal de situaciones del pasado pero que no eran otra cosa que el presente, ese pequeño instante para pasar al futuro, un futuro que logró ver desde siempre pero que quiso encarar en carne propia. Se ensañaban en contra de su ser, aquella voz que siempre susurraba sus razones repetía con constancia y placer las verdades que se alojaban en su interior, una a una, poco a poco, sin piedad ni misericordia, esperando el momento preciso para llevárselo todo, ha llegado tu hora, es acaso que no la estabas esperando?, abrió los ojos y se encontraba tan tranquilo como la noche anterior, como el día anterior, como su vida anterior.
Un niñito que esperaba el autobús para comenzar su día preguntó “señor, a usted no le da miedo dormir aquí solito sin sus papás?, en ese momento recordé que solo me tengo miedo a mi mismo…
Friday, January 25, 2008
Balanza
Soy un guerrero de la divinidad, quebrado, pero guerrero al fin se puede decir. Yo esperé paciente la respuesta, nunca llegó, quizás es que formulé la pregunta de manera errada, es posible que no existan respuestas para mi. Aquí hay solo una oportunidad, la tomas o la dejas, mejor debería decir la aguantas o te escondes, las oportunidades no se tratan solo de esperanzas, simplemente allí están, en una lista y te llegan, se te vienen encima para llevarte con la corriente, para que pases a engrosar el volumen de aquel mar de lágrimas.
“Policarpio, Policarpio” gritaba mi madre tratando de despertarme de aquel sueño, dormir es una cosa, soñar es otra. Recuerdo que logré ponerme en pie, la luz de la mañana brillaba en las paredes, simplemente para recordarte que quieras o no las horas pasan. “Mira Policarpio”, decía mi madre, “me quieres acompañar al mercado, tienes como tres semanas que no sales de aquí.” Paciente esperaba una respuesta, yo hice una seña que no se entendía, sin pensarlo mucho me incorporé y asentí con la cabeza, después de todo no es culpa de mi madre que el planeta sea cagalitroso.
La soledad te lleva a hacer cosas que nunca hubieras soñado, pero igualmente te define. El ruidoso mercado apenas comenzaba a tragarnos, la cotidianeidad que aburre se abría paso entre la gente que albergaba aquel recinto. Mi madre hacía comentarios sobre las maravillas que se podían encontrar en aquel conjunto de toldos con vendedores desesperados, era Diciembre eso creo recordar, era simplemente el final de un año mas. Morir en vida o vivir sin alma es lo mismo, solo que si mueres no te ven y sin alma te proteges.
En el bullicioso mercado la gente iba y venía, parecían encomendados a una misión, sus miradas se perdían entre el sonido de la esperanza y la realidad. Me llamó la atención ver a un grupo muy distintivo, llevaban unas cajas gigantes, las cuales iban llenando de una variedad de productos de alta calidad, mientras mi madre compraba lo necesario para el almuerzo mi mente se interesaba por la peculiar manera de comprar de aquellos personajes quienes sin pensarlo gastaban cantidades exorbitantes en cada puesto que caía rendido a sus pasos. Sin nada que hacer y aburrido de la cadencia existencial que gobierna mi razón seguí con detenimiento aquel extraño acontecimiento.
Parada al frente de un kioskito de quesos trataba de luchar contra la avalancha del grupo que compraba todo lo habido y por haber. “Señor, por favor” le gritaba al portugués vendedor de quesos que en ese preciso instante solo tenía ojos para los emperifollados compradores que llenaban cajas de productos variados. “Señor, ay por favor señor, señor usted no me va a atender” dijo la pobre dama que con sus ojos amarillentos y ya furiosos trataba de no perder la compostura. El portugués hacía caso omiso a los pedidos de lamento de la dama que solo quería un kilo de queso blanco para mantener su eterna dieta cual buen habitante del Valle aquel donde conté mi historia.
“Mira portugués del coño” le dije, “tu no ves que ella también tiene derecho a comprar queso”, el infernal vendedor de quesos volteó su mirada y me dijo “eu estoy vendiendu eu mucho queso, no me jodais”. Quitándole el dinero de la mano a la dama lo puse en el mostrador y metiendo la mano en la nevera de refrigeración agarré el pedazo de queso y lo metí en una bolsa. El portugués seguía insultándome y la dama aún sin poder creer mi acto de valentía y locura no sabía si reírse o llorar. “Tu tienes las manos limpias” me preguntó, yo no pude evitar soltar una carcajada y decirle que mi mamá no me dejaba salir con las manos sucias a la calle, ella tomó el queso y me dijo “gracias, galán de mercado.” Yo me quedé ahí parado pues en realidad creo que yo había sido de todo en mi vida pero nunca un “galán de mercado.”
Ella se volteó y se perdió entre la muchedumbre, así como se pierde el todo y la nada en el acontecer diario del existir. Como un rayo recordé que esa noche era la celebración de la onomástica de Arturo Yandiola, el gran magnate de fortuna desconocida y reputación dudosa que brindaría una gran fiesta para darle a conocer al mundo que en este país hay que tirar la casa por la ventana para obtener el reconocimiento de las multitudes. También recordé que mis amistades me obligarían a salir de mi casa aquella noche pues todos eran parte de aquella celebración, mucha gente había esperado ese día, yo en realidad no esperaba desde hace tiempo, muchas veces no sabemos cuando llega el momento.
Las piezas ahora cuadraban, mi madre que seguía peleando para tratar de comprar los alimentos del almuerzo no entendía de que se trataba aquel revuelo en el mercado, simplemente los secuaces de Yandiola compraban el obsequio para la fiesta nocturna. Se lo hice saber a mi madre quien inmediatamente desistió de comprar cualquier cosa, y con sus hombros caídos se limitó a decirme que compraríamos algo en el camino, en ese camino que seguimos sin tomar en cuenta que las horas no vuelven y los recuerdos se aferran.
Mi mente estaba inquieta y finalmente y a sabiendas que me vería obligado a asistir a aquella celebración puse un plan en práctica. Corriendo a toda prisa llegué a la ventanilla del estacionamiento, el hombre que cobraba me miró con recelo al explicarle que tenía que permitirme ser el “tickero” por unos minutos, después de llorar y convencerle que uno de mis sueños infantiles mas preciados era marcar el ticket en aquella maquinita y cobrarle a la gente por el uso del estacionamiento. Le ofrecí comprarle una botella de ron, en aquel lugar donde crecí todo se resuelve con ron y un soborno, hay lugares de lugares pero aquel es único.
Allí estaba, mirándome sin poder creer que ahora de galán de mercado había pasado a cobrador de tickets de estacionamiento, bajo la ventanilla y soltó una leve sonrisa, me entregó el ticket en el cual rápidamente escribí una nota, le devolví el cambio con el ticket, así como quien devuelve una esperanza. Ella no pudo evitar mirar el ticket, y me dijo “tu si eres bien chimbo y atrevido, darme tu teléfono, y tu crees que te voy a llamar?, no me hagas reír balurdete, y además invitarme para una fiesta esta noche, además ya yo tengo con quien ir a esa fiesta y no eres exactamente tu” y aceleró con potencia su pequeño carrito plateado.
Al ver que mi madre se acercaba en el carro salí disparado de la caseta de tickets y le toqué la puerta del carro. Ella mirándome me dijo “me pareció ver a alguien parecido a ti de cobrador de tickets, debe ser que me estoy volviendo loca.”, sin pensarlo le dije “pues si loca debes estar madre pues yo simplemente andaba distraído en el mercado y te me perdiste”. Ella quien conocía mis andanzas se limitó a callar, yo hice lo mismo y dejé que los minutos pasaran para simplemente olvidar, el silencio y el olvido siempre me han apasionado, el silencio por ser único el olvido por ser salvador. En mi casa y sentado en el borde mi cama pensaba, cuando sonó el teléfono, pero no podemos pedirles peras al olmo, no era ella, pero si era un amigo para recordarme que pasarían por mi, que inevitablemente aquella noche era parte de mi.
Mirando por la ventana de mi cuarto mi mente volaba sin destino conocido, “El existir está lleno de situaciones repetidas, es solo que las repeticiones también llevan la marca de la imperfección y eso las hace distintas. Así pues nos manejamos entre situaciones repetidas que siempre llevan un toque de aquello que desconocemos…”, en realidad no podía olvidar aquella cara que me había hecho sentirme vivo, aún no la olvido, la puedo ver en todas las paredes blancas, en las cuatro guardias que acompañan mi andar, siempre presente, sin poder borrarla.
Vestido de payaso, perdón de traje quise decir, entré al salón de aquel majestuoso club de la capital, los adornos importados y la batalla de los perfumes y colonias se hacían sentir, aquella era un noche distintiva, mas de lo mismo pero con la huella de lo ostentoso, Yadiola, se había asegurado que su fiesta de cumpleaños fuera recordada en los anales de la historia, que nadie nunca pudiera decir que Yadiola no pertenecía, que todos estuvieran claros que de pisar en pisar se logra alcanzar un status de envidiar, o eso es lo que en el planeta muchos pretenden lograr.
Sentado en una escalera, como suelo hacer cuando mi aburrimiento alcanza límites nunca antes visto conversaba con mi amigo imaginario, ese que siempre me acompañó desde tiempos inmemoriales y que nunca me abandona. Su preocupación era que no veía una piñata, ni regalos de salida, ni niños que jugaban alrededor de una silla, tampoco había payasos ni su música preferida de Xuxa, molesto me decía que nos fuéramos de allí, que no pertenecíamos a aquello, que en realidad y en sus palabras es mejor tener un solo juguete para jugar que un montón de personas jugando a ser juguetes.
Desestimé los intentos de mis vísceras de sacarme de aquel lugar, caminé por espacios colmados, reducidos, llenos de risas y volatilidad, cargados de mentiras y falsedades, me desplacé junto a lo malo y a lo bueno, si es que aquello existe, miré con detalle, buscando, en mi afán de encontrar algo que desde hace tiempo atrás sabía que no llegaría, que no era parte de mi suerte o que simplemente era la suerte mía que actuaba a su placer. De espaldas en el bar donde tomaba agua de coco, escuché como una voz femenina relataba una historia increíble en sus palabras, un atrevido había metido la mano en el mercado y le había dado un pedazo de queso, que de paso no se había comido pues le parecía asqueroso que esas manos cochinas hubieran tocado su comida. Proseguía la dama que aquel atrevido se había disfrazado de “ticketero” para invitarla a esta misma fiesta donde ella estaba ahora y para completar su historia señalaba al hombre que la acompañaba el cual respondía con una sonrisa mientras su amiga le decía “hay que bello ese tipo.”, a lo que ella respondía “si, tu te imaginas, cambiar a eso por ese mono del mercado.”
“Disculpe señorita” dije, la cara de sorpresa de aquella dama nunca podré olvidar, aunque debo reconocer que no es la sorpresa lo que no olvido, es su cara simplemente. “Hola, que haces tu aquí”, preguntó con un tono que no tenía ninguna definición, yo le dije “bueno chica, tu sabes, yo soy galán de mercado y ticketero de día y de noche me transformo en personaje de la sociedad”, ella todavía sin poder creer lo que veía le preguntó al barman que si me conocía o si yo trabajaba con él, el barman muy amable le dijo que no, pero que sin a lugar a dudas yo era todo un conocedor del baseball, eso por aquello de mi mala manía de hablar con porteros y barmans en las fiestas por encontrarlos mas agradables y sinceros que aquellos caracteres que pululan en esos lugares.
“Bailamos” pregunté y sin dejar que pudiera pensar la tomé de la mano para llevarla a la pista de baile en donde mi amigo imaginario se divertía bailando al son de aquel merengue viejo mientras me reclamaba que no se sabía la letra del mismo por culpa mía. “Y tu novio?, le pregunté, ella quien no sabía en realidad si la había pisado un camión o había sido secuestrada por extraterrestres se limitó a mirarme sin proferir palabra alguna, hoy día supongo que muchas preguntas pasaron por su mente aquella noche, y yo solo espero que el silencio me permita escuchar dentro de su razón y que el olvido no se lleve mi osada decisión.
Alrededor de aquella mesa, Arturo Yandiola miraba con deseo las velas que anunciaban la llegada de un nuevo año, el coro de aquella canción muy conocida estremecía cualquier rincón del lugar. Al momento del último “cumpleaños feliz” la torta explotó, reconozco que me reí en un principio, pues pensé que se trataba de una broma pesada, al ver los cuerpos regados de los jalamecate que se habían posado alrededor del bandido Yandiola, al igual que el de su persona, comprendí que un atentado acaba de ocurrir en aquella noche capitalina, para mis adentros comprendí finalmente que tarde o temprano la vida equipara, a su manera, a su macabro estilo, y deja todo en el estado como comenzó.
La gritería en el lugar era ensordecedora, la gente corría de un lado a otro mientras los centros de mesa también explotaban, me quedé parado mirando todo aquello, esperando que llegara mi momento, el terror reinaba en aquel lujurioso establecimiento, esta vez peleaba contra un enemigo invisible, como aquel que siempre he perseguido, y que sin lugar a dudas te hace o te acaba…
“Policarpio, Policarpio” gritaba mi madre tratando de despertarme de aquel sueño, dormir es una cosa, soñar es otra. Recuerdo que logré ponerme en pie, la luz de la mañana brillaba en las paredes, simplemente para recordarte que quieras o no las horas pasan. “Mira Policarpio”, decía mi madre, “me quieres acompañar al mercado, tienes como tres semanas que no sales de aquí.” Paciente esperaba una respuesta, yo hice una seña que no se entendía, sin pensarlo mucho me incorporé y asentí con la cabeza, después de todo no es culpa de mi madre que el planeta sea cagalitroso.
La soledad te lleva a hacer cosas que nunca hubieras soñado, pero igualmente te define. El ruidoso mercado apenas comenzaba a tragarnos, la cotidianeidad que aburre se abría paso entre la gente que albergaba aquel recinto. Mi madre hacía comentarios sobre las maravillas que se podían encontrar en aquel conjunto de toldos con vendedores desesperados, era Diciembre eso creo recordar, era simplemente el final de un año mas. Morir en vida o vivir sin alma es lo mismo, solo que si mueres no te ven y sin alma te proteges.
En el bullicioso mercado la gente iba y venía, parecían encomendados a una misión, sus miradas se perdían entre el sonido de la esperanza y la realidad. Me llamó la atención ver a un grupo muy distintivo, llevaban unas cajas gigantes, las cuales iban llenando de una variedad de productos de alta calidad, mientras mi madre compraba lo necesario para el almuerzo mi mente se interesaba por la peculiar manera de comprar de aquellos personajes quienes sin pensarlo gastaban cantidades exorbitantes en cada puesto que caía rendido a sus pasos. Sin nada que hacer y aburrido de la cadencia existencial que gobierna mi razón seguí con detenimiento aquel extraño acontecimiento.
Parada al frente de un kioskito de quesos trataba de luchar contra la avalancha del grupo que compraba todo lo habido y por haber. “Señor, por favor” le gritaba al portugués vendedor de quesos que en ese preciso instante solo tenía ojos para los emperifollados compradores que llenaban cajas de productos variados. “Señor, ay por favor señor, señor usted no me va a atender” dijo la pobre dama que con sus ojos amarillentos y ya furiosos trataba de no perder la compostura. El portugués hacía caso omiso a los pedidos de lamento de la dama que solo quería un kilo de queso blanco para mantener su eterna dieta cual buen habitante del Valle aquel donde conté mi historia.
“Mira portugués del coño” le dije, “tu no ves que ella también tiene derecho a comprar queso”, el infernal vendedor de quesos volteó su mirada y me dijo “eu estoy vendiendu eu mucho queso, no me jodais”. Quitándole el dinero de la mano a la dama lo puse en el mostrador y metiendo la mano en la nevera de refrigeración agarré el pedazo de queso y lo metí en una bolsa. El portugués seguía insultándome y la dama aún sin poder creer mi acto de valentía y locura no sabía si reírse o llorar. “Tu tienes las manos limpias” me preguntó, yo no pude evitar soltar una carcajada y decirle que mi mamá no me dejaba salir con las manos sucias a la calle, ella tomó el queso y me dijo “gracias, galán de mercado.” Yo me quedé ahí parado pues en realidad creo que yo había sido de todo en mi vida pero nunca un “galán de mercado.”
Ella se volteó y se perdió entre la muchedumbre, así como se pierde el todo y la nada en el acontecer diario del existir. Como un rayo recordé que esa noche era la celebración de la onomástica de Arturo Yandiola, el gran magnate de fortuna desconocida y reputación dudosa que brindaría una gran fiesta para darle a conocer al mundo que en este país hay que tirar la casa por la ventana para obtener el reconocimiento de las multitudes. También recordé que mis amistades me obligarían a salir de mi casa aquella noche pues todos eran parte de aquella celebración, mucha gente había esperado ese día, yo en realidad no esperaba desde hace tiempo, muchas veces no sabemos cuando llega el momento.
Las piezas ahora cuadraban, mi madre que seguía peleando para tratar de comprar los alimentos del almuerzo no entendía de que se trataba aquel revuelo en el mercado, simplemente los secuaces de Yandiola compraban el obsequio para la fiesta nocturna. Se lo hice saber a mi madre quien inmediatamente desistió de comprar cualquier cosa, y con sus hombros caídos se limitó a decirme que compraríamos algo en el camino, en ese camino que seguimos sin tomar en cuenta que las horas no vuelven y los recuerdos se aferran.
Mi mente estaba inquieta y finalmente y a sabiendas que me vería obligado a asistir a aquella celebración puse un plan en práctica. Corriendo a toda prisa llegué a la ventanilla del estacionamiento, el hombre que cobraba me miró con recelo al explicarle que tenía que permitirme ser el “tickero” por unos minutos, después de llorar y convencerle que uno de mis sueños infantiles mas preciados era marcar el ticket en aquella maquinita y cobrarle a la gente por el uso del estacionamiento. Le ofrecí comprarle una botella de ron, en aquel lugar donde crecí todo se resuelve con ron y un soborno, hay lugares de lugares pero aquel es único.
Allí estaba, mirándome sin poder creer que ahora de galán de mercado había pasado a cobrador de tickets de estacionamiento, bajo la ventanilla y soltó una leve sonrisa, me entregó el ticket en el cual rápidamente escribí una nota, le devolví el cambio con el ticket, así como quien devuelve una esperanza. Ella no pudo evitar mirar el ticket, y me dijo “tu si eres bien chimbo y atrevido, darme tu teléfono, y tu crees que te voy a llamar?, no me hagas reír balurdete, y además invitarme para una fiesta esta noche, además ya yo tengo con quien ir a esa fiesta y no eres exactamente tu” y aceleró con potencia su pequeño carrito plateado.
Al ver que mi madre se acercaba en el carro salí disparado de la caseta de tickets y le toqué la puerta del carro. Ella mirándome me dijo “me pareció ver a alguien parecido a ti de cobrador de tickets, debe ser que me estoy volviendo loca.”, sin pensarlo le dije “pues si loca debes estar madre pues yo simplemente andaba distraído en el mercado y te me perdiste”. Ella quien conocía mis andanzas se limitó a callar, yo hice lo mismo y dejé que los minutos pasaran para simplemente olvidar, el silencio y el olvido siempre me han apasionado, el silencio por ser único el olvido por ser salvador. En mi casa y sentado en el borde mi cama pensaba, cuando sonó el teléfono, pero no podemos pedirles peras al olmo, no era ella, pero si era un amigo para recordarme que pasarían por mi, que inevitablemente aquella noche era parte de mi.
Mirando por la ventana de mi cuarto mi mente volaba sin destino conocido, “El existir está lleno de situaciones repetidas, es solo que las repeticiones también llevan la marca de la imperfección y eso las hace distintas. Así pues nos manejamos entre situaciones repetidas que siempre llevan un toque de aquello que desconocemos…”, en realidad no podía olvidar aquella cara que me había hecho sentirme vivo, aún no la olvido, la puedo ver en todas las paredes blancas, en las cuatro guardias que acompañan mi andar, siempre presente, sin poder borrarla.
Vestido de payaso, perdón de traje quise decir, entré al salón de aquel majestuoso club de la capital, los adornos importados y la batalla de los perfumes y colonias se hacían sentir, aquella era un noche distintiva, mas de lo mismo pero con la huella de lo ostentoso, Yadiola, se había asegurado que su fiesta de cumpleaños fuera recordada en los anales de la historia, que nadie nunca pudiera decir que Yadiola no pertenecía, que todos estuvieran claros que de pisar en pisar se logra alcanzar un status de envidiar, o eso es lo que en el planeta muchos pretenden lograr.
Sentado en una escalera, como suelo hacer cuando mi aburrimiento alcanza límites nunca antes visto conversaba con mi amigo imaginario, ese que siempre me acompañó desde tiempos inmemoriales y que nunca me abandona. Su preocupación era que no veía una piñata, ni regalos de salida, ni niños que jugaban alrededor de una silla, tampoco había payasos ni su música preferida de Xuxa, molesto me decía que nos fuéramos de allí, que no pertenecíamos a aquello, que en realidad y en sus palabras es mejor tener un solo juguete para jugar que un montón de personas jugando a ser juguetes.
Desestimé los intentos de mis vísceras de sacarme de aquel lugar, caminé por espacios colmados, reducidos, llenos de risas y volatilidad, cargados de mentiras y falsedades, me desplacé junto a lo malo y a lo bueno, si es que aquello existe, miré con detalle, buscando, en mi afán de encontrar algo que desde hace tiempo atrás sabía que no llegaría, que no era parte de mi suerte o que simplemente era la suerte mía que actuaba a su placer. De espaldas en el bar donde tomaba agua de coco, escuché como una voz femenina relataba una historia increíble en sus palabras, un atrevido había metido la mano en el mercado y le había dado un pedazo de queso, que de paso no se había comido pues le parecía asqueroso que esas manos cochinas hubieran tocado su comida. Proseguía la dama que aquel atrevido se había disfrazado de “ticketero” para invitarla a esta misma fiesta donde ella estaba ahora y para completar su historia señalaba al hombre que la acompañaba el cual respondía con una sonrisa mientras su amiga le decía “hay que bello ese tipo.”, a lo que ella respondía “si, tu te imaginas, cambiar a eso por ese mono del mercado.”
“Disculpe señorita” dije, la cara de sorpresa de aquella dama nunca podré olvidar, aunque debo reconocer que no es la sorpresa lo que no olvido, es su cara simplemente. “Hola, que haces tu aquí”, preguntó con un tono que no tenía ninguna definición, yo le dije “bueno chica, tu sabes, yo soy galán de mercado y ticketero de día y de noche me transformo en personaje de la sociedad”, ella todavía sin poder creer lo que veía le preguntó al barman que si me conocía o si yo trabajaba con él, el barman muy amable le dijo que no, pero que sin a lugar a dudas yo era todo un conocedor del baseball, eso por aquello de mi mala manía de hablar con porteros y barmans en las fiestas por encontrarlos mas agradables y sinceros que aquellos caracteres que pululan en esos lugares.
“Bailamos” pregunté y sin dejar que pudiera pensar la tomé de la mano para llevarla a la pista de baile en donde mi amigo imaginario se divertía bailando al son de aquel merengue viejo mientras me reclamaba que no se sabía la letra del mismo por culpa mía. “Y tu novio?, le pregunté, ella quien no sabía en realidad si la había pisado un camión o había sido secuestrada por extraterrestres se limitó a mirarme sin proferir palabra alguna, hoy día supongo que muchas preguntas pasaron por su mente aquella noche, y yo solo espero que el silencio me permita escuchar dentro de su razón y que el olvido no se lleve mi osada decisión.
Alrededor de aquella mesa, Arturo Yandiola miraba con deseo las velas que anunciaban la llegada de un nuevo año, el coro de aquella canción muy conocida estremecía cualquier rincón del lugar. Al momento del último “cumpleaños feliz” la torta explotó, reconozco que me reí en un principio, pues pensé que se trataba de una broma pesada, al ver los cuerpos regados de los jalamecate que se habían posado alrededor del bandido Yandiola, al igual que el de su persona, comprendí que un atentado acaba de ocurrir en aquella noche capitalina, para mis adentros comprendí finalmente que tarde o temprano la vida equipara, a su manera, a su macabro estilo, y deja todo en el estado como comenzó.
La gritería en el lugar era ensordecedora, la gente corría de un lado a otro mientras los centros de mesa también explotaban, me quedé parado mirando todo aquello, esperando que llegara mi momento, el terror reinaba en aquel lujurioso establecimiento, esta vez peleaba contra un enemigo invisible, como aquel que siempre he perseguido, y que sin lugar a dudas te hace o te acaba…
Thursday, October 04, 2007
El Coquito

Día a día, hay que tomarse las cosas. La verdad es que pueden pasar horas, días, meses, años, siglos, y siempre habrán recuerdos que no se amilanan al pasar del tiempo, día a día, un día a la vez o con paciencia infinita hay cosas que no puedes borrar. Eran tiempos distintos de la historia, de una historia que como muchas tuvo un comienzo pero que no termina, los cambios inminentes se aproximaban con pereza, eso pues, los hace penetrar con mayor fuerza. Aún a veces me pregunto como terminé entre las cuatro paredes blancas.
La respuesta a las cuatro paredes blancas la supe desde siempre, es simplemente que a veces variamos nuestras propias respuestas para buscar sentido en el andar, la vida te puede pasar pero sin pasar por ella bien podemos estar. Es así como me acuerdo, como empezó aquel momento, en el cual decisiones tomé y del cual no me puedo arrepentir pues sería traicionar a mi memoria, la cual vuela entre la realidad y la cordura pues la realidad no es simplemente otra cosa que la locura.
Un grito en la noche me despertó, aún no logro recordar si era propio o del vacío, hacía frío aquella noche en el valle que me vió crecer, las gotas de sudor corrían por mi almohada, la tela no era suficiente para contener el terror que puedes sentir en sueños, sueños que pasan de un plano a otro con sutil facilidad. Estaba escondido en aquellos tiempos, alejado del jugar, mirando a lo lejos el ir y venir de lo mundano y temiendo cual sería el momento justo para regresar.
El gato que tocaba mi ventana se había ido, finalmente entendí que nuestros miedos los creamos, muchas cosas pueden quitarme pero volveré sigiloso a cobrar lo mío, puramente a crear el miedo que trataron de arrebatarme. Una luz intermitente de color rojo alumbraba mi cuarto, la policía podrían pensar, era Nabor Cheltinsky, amigo de mi infancia, a quien su padre le había puesto una luz de policía en su camioneta para que ahuyentara a los bandidos, o los atrajera en su defecto.
Gritó, “Policarpio, estás?, asomándome por la ventana hice una seña para que no despertara a mis familiares, camino a la calle mi padre me miró e hizo una seña de desaprobación con su cabeza, era tarde, la ciudad peligrosa, la maldad nunca descansa mientras la bondad se duerme placentera. En el carro Nabor contaba su desgracia, una de esas típicas, comunes entre sentimientos, de aquellas que pueden burlar tus sentidos, acabar con ilusiones y cercenar para siempre a un ser viviente.
“Mira Policarpio, tu tienes que ayudarme” repetía Nabor con la firme creencia que yo tenía una vara mágica que lo quitaría su dolor con el toque en su hombro. “Me dejaron Policarpio, me dejaron, y yo que he hecho de mal”, seguía con su letanía mientras manejaba con un objetivo fijo, sus ojos pálidos y vidriosos miraban fijamente el pavimento, recuerdo que llovía, a cántaros, en aquella noche como otras, como todas aquellas que entran al ponerse el sol, como esas que no se olvidan.
Entramos en aquel lugar, lo mismo de siempre, escenas que repetimos pues no sabemos de otras, lo mismo, una vez mas. Nabor llevaba su cruz encima, la cual no se veía, pero aplastaba su espalda. “Coño no puede ser” soltó Nabor, “ahí está, ahí está”. Nunca entendí porque no nos enseñan a dejar ir, nos ahorrarían dolores. “Ahora que hago?, que coño hago ahora? preguntó Nabor, yo me limité a sonreír como suelo hacer cuando me enfrento a lo inexplicable, a todo aquello que los humanos inventaron para torturarnos. Nabor esperaba mi respuesta pero yo para variar estaba distraído hasta que Vanessa y Joaquín, quien vestía un elegante frac en aquella noche capitalina, el nuevo, el de turno, se acercaron. Nabor trató de evitarlos pero estaban enfrente. “Hola Nabi” dijo la causante de su dolor, Nabor no podía hablar, el acompañante saludó de manera educada y se limitó a esperar.
“Vanesa, tenemos que”…..las palabras fueron cortadas por la voz de Joaquín quien dijo “mira payaso de pueblo, déjanos tranquilos y lárgate”. A todas estas yo no podía dejar de mirar a aquella transeúnte nunca antes vista, de ojos amarillos, pose altanera y dominio total de la escena. Creo que Nabor esperaba por mi ayuda, a veces ni siquiera los superhéroes podemos con el cauce del río humano, las cosas pasan y que hay aceptarlas, o llevarlas a cuestas, olvidarlas quizás, pero pasan sin embargo. Me llevé a Nabor y lo coloqué delante del bar, hay quienes ahogan sus penas otros dan simplemente pena.
Aquella noche pensaba en mis días con capa, corriendo con medias en el frío piso de mi hogar, luchando contra bandidos y ladrones imaginarios, viviendo diría yo. Me acerqué con cautela y me miró feo, posiblemente no la enseñaron a mirar de otra forma o se protegía de los zamuros en busca de carne. La tropecé, a propósito quien sabe, o mi torpeza casual. “Perdón” alcancé a decir cuando su voz sin mediar razones contestó “bueno mijo tu no ves por donde caminas, uy estos bichos, todos iguales, todos tratando de buscar llamar la atención, lo mismo, lo de siempre, zapatea para otro lado”. Sonriendo le dije “caerás como un coquito” y me fui. A lo lejos logré escuchar como furiosa decía “coquito tu abuela, pasado, malandro.”
Olía a lluvia aquella noche, a tierra mojada, sin pensar mucho me paré en el balcón de aquella casa donde todos jugaban, Nabor me buscaba desesperado pues yo era su único ancla en aquel mar revuelto. Me reía solo al pensar que hubiera sido un buen contador de estrellas profesional, contarlas, enumerarlas, darles nombres, sin algún motivo escondido, solo por el placer de darles importancia. El mundo es menos complicado de lo que pensamos, pero hacerlo difícil es el arte de los humanos. Nabor finalmente se paró a mi lado, “no puede ser Policarpio, tu viste eso?, tu viste?, yo me voy a tirar al Guaire a ver si me muero de una vez”.
“Yo tu Naborcito” le dije “me le paro enfrente y le canto sus cosas, sin pasiones, le dices todo, todo lo que llevas adentro, no importa si el bicho ese está jamado, no importa nada”, Nabor quien no podía creer que yo estuviera diciendo eso me dijo “tu estás jodiendo no?, no pude evitarlo y sonreí de nuevo, por supuesto que estaba jodiendo, yo creo en dejar seguir y no en impedir, mi sonrisa fue interrumpida por la cara de pocos amigos de la dama de ojos amarillentos que por casualidad pasaba por ahí y pensó que le sonreía a ella, de nuevo volteó su cara e hizo un gesto a sus amigas de desprecio.
La vi parada a lo lejos, en el bar, me acerqué y pedí agua de coco, el barman me dijo “con whiskey?, “no, no hermanazo, solita” le respondí. Después de mi conversación obligada con el barman acerca de todos los imbéciles que pululaban en aquel lugar y sin poder evitar reír al ver que la dama no se podía ir del bar por estar esperando su trago rebuscado le dije “agua de mar, agua de coco ni tu me paras ni yo tampoco”. “Como es eso que voy a caer como un coquito? preguntó, mi risa estremeció el lugar, y volví a decir “como un coquito” y me alejé sin chistar media palabra mas.
Nabor seguía debatiéndose entre el dolor y la irracionalidad, yo por mi parte caminaba en silencio, saludando a todos aquellos de siempre, los mismos, lo mismo. Nabor se hablaba a si mismo, se daba fuerzas, buscaba entender lo incomprensible de aquella noche, mis pensamientos divagaban, pero había uno recurrente que me incomodaba, Nabor sudaba frío al pensar que las cosas habían cambiado, yo hace tiempo había entendido que el cambio no es necesario pero nos obliga a aceptarlo.
Siempre me he preguntado como puede ser tan fácil convertirse en una estadística, no he conseguido la respuesta. El grito sordo acompañado de un tiro al aire hizo que el disc jockey apagara la música. Me lo habían contado pero no lo creía, una banda de ladrones, liderada por Armando Yael se dedicaba a atracar fiestas de “niños bien” en el valle de cemento. Armando y sus secuaces entraron vestidos de frac, con bolsas de plástico en mano para obligar a todo el mundo a entregar sus pertenencias.
Nabor quien solo tenía un propósito en mente ya había comenzado a moverse, sin darse cuenta de lo que sucedía se topó con uno de los secuaces de frac, pensando Nabor que se trataba de aquel que le había arrebatado su mas preciado tesoro le echó un vaso de vodka en la cara y lo retó a una pelea. El ladrón sin pensarlo le disparó, una bala fría atravesó el cuerpo de Nabor, el terror y la confusión se apoderaron del lugar, Armando Yael trataba de calmar el ambiente para proseguir con el robo pero el disc jockey tenía en mente otra cosa.
La música estridente golpeó mis oídos, siempre he aprovechado los momentos de caos para obtener lo que deseo. Saqué mi china y disparé a la frente de Armando quien cayó al suelo sin entender que sucedía. La multitud se tomó justicia en sus manos y comenzaron a linchar a los hampones. Dos pensamientos cruzaron mi mente, Nabor herido y la dama de ojos amarillos, parece mentira como nuestra mente no sabe como ordenar las prioridades cuando de aquello se trata.
De un brinco salté a la pista de baile donde la banda de ladrones, “Los Manhattan”, como eran conocidos eran ahora birlados por la multitud. Agarré a Nabor y corrí hacia la puerta, sus ojos pálidos y vidriosos ahora parecían abandonarle, su mirada fijada en el firmamento me recordaban mi trabajo de contador de estrellas, su dolor aún latente esbozaba la fiel verdad del momento. “Nabi, Nabi” gritaba Vanessa, mientras yo de reojo veía como su acompañante la ponía en su sitio. Al levantar la mirada alcancé mi objetivo, la agarré de la mano y la saqué de la fiesta.
Afuera y con Nabor delirando nos subimos al carro, la sorprendida dama quien reclamaba mi osadía de haberle sacado de aquel lugar además de seguir preguntando como era la historia del coquito gritaba que Nabor se estaba muriendo, Nabor quien no entendía que pasaba gritaba “si yo lo que quiero es morirme”, yo miraba hacia delante, y trataba de explicarle a la dama de ojos amarillos que era por su bien que la había sacado de la fiesta. Ella aún sin convencerse exigía respuestas inmediatas. Nabor moría, de una bala y de un sentimiento, la dama gritaba pues no solo estaba en presencia de aquel hombre que poco a poco se apagaba sino que yo no contestaba su pregunta acerca del coquito.
En la sala de emergencia de aquel hospital un médico se acercó y me informó que Nabor viviría, la bala simplemente le había quitado un poco de grasa de su prontuaria barriga. Sus familiares llegaban y hacían las mismas preguntas y los mismos comentarios, en eso vivimos en lo mismo que sucedió ayer. Me despedí de Nabor quien todavía en su delirio no lograba poner las piezas del rompecabezas en orden, trató de hablarme de su pena pero me retiré para que pudiera descansar.
Afuera aquella dama aún esperaba por una respuesta, tomándole de la mano caminamos hacia el carro, después de mirarla de arriba abajo me limité a decir “como ves caíste como un coquito, menos mal que te tengo la mano agarrada para que no te pegues con el suelo……”
La respuesta a las cuatro paredes blancas la supe desde siempre, es simplemente que a veces variamos nuestras propias respuestas para buscar sentido en el andar, la vida te puede pasar pero sin pasar por ella bien podemos estar. Es así como me acuerdo, como empezó aquel momento, en el cual decisiones tomé y del cual no me puedo arrepentir pues sería traicionar a mi memoria, la cual vuela entre la realidad y la cordura pues la realidad no es simplemente otra cosa que la locura.
Un grito en la noche me despertó, aún no logro recordar si era propio o del vacío, hacía frío aquella noche en el valle que me vió crecer, las gotas de sudor corrían por mi almohada, la tela no era suficiente para contener el terror que puedes sentir en sueños, sueños que pasan de un plano a otro con sutil facilidad. Estaba escondido en aquellos tiempos, alejado del jugar, mirando a lo lejos el ir y venir de lo mundano y temiendo cual sería el momento justo para regresar.
El gato que tocaba mi ventana se había ido, finalmente entendí que nuestros miedos los creamos, muchas cosas pueden quitarme pero volveré sigiloso a cobrar lo mío, puramente a crear el miedo que trataron de arrebatarme. Una luz intermitente de color rojo alumbraba mi cuarto, la policía podrían pensar, era Nabor Cheltinsky, amigo de mi infancia, a quien su padre le había puesto una luz de policía en su camioneta para que ahuyentara a los bandidos, o los atrajera en su defecto.
Gritó, “Policarpio, estás?, asomándome por la ventana hice una seña para que no despertara a mis familiares, camino a la calle mi padre me miró e hizo una seña de desaprobación con su cabeza, era tarde, la ciudad peligrosa, la maldad nunca descansa mientras la bondad se duerme placentera. En el carro Nabor contaba su desgracia, una de esas típicas, comunes entre sentimientos, de aquellas que pueden burlar tus sentidos, acabar con ilusiones y cercenar para siempre a un ser viviente.
“Mira Policarpio, tu tienes que ayudarme” repetía Nabor con la firme creencia que yo tenía una vara mágica que lo quitaría su dolor con el toque en su hombro. “Me dejaron Policarpio, me dejaron, y yo que he hecho de mal”, seguía con su letanía mientras manejaba con un objetivo fijo, sus ojos pálidos y vidriosos miraban fijamente el pavimento, recuerdo que llovía, a cántaros, en aquella noche como otras, como todas aquellas que entran al ponerse el sol, como esas que no se olvidan.
Entramos en aquel lugar, lo mismo de siempre, escenas que repetimos pues no sabemos de otras, lo mismo, una vez mas. Nabor llevaba su cruz encima, la cual no se veía, pero aplastaba su espalda. “Coño no puede ser” soltó Nabor, “ahí está, ahí está”. Nunca entendí porque no nos enseñan a dejar ir, nos ahorrarían dolores. “Ahora que hago?, que coño hago ahora? preguntó Nabor, yo me limité a sonreír como suelo hacer cuando me enfrento a lo inexplicable, a todo aquello que los humanos inventaron para torturarnos. Nabor esperaba mi respuesta pero yo para variar estaba distraído hasta que Vanessa y Joaquín, quien vestía un elegante frac en aquella noche capitalina, el nuevo, el de turno, se acercaron. Nabor trató de evitarlos pero estaban enfrente. “Hola Nabi” dijo la causante de su dolor, Nabor no podía hablar, el acompañante saludó de manera educada y se limitó a esperar.
“Vanesa, tenemos que”…..las palabras fueron cortadas por la voz de Joaquín quien dijo “mira payaso de pueblo, déjanos tranquilos y lárgate”. A todas estas yo no podía dejar de mirar a aquella transeúnte nunca antes vista, de ojos amarillos, pose altanera y dominio total de la escena. Creo que Nabor esperaba por mi ayuda, a veces ni siquiera los superhéroes podemos con el cauce del río humano, las cosas pasan y que hay aceptarlas, o llevarlas a cuestas, olvidarlas quizás, pero pasan sin embargo. Me llevé a Nabor y lo coloqué delante del bar, hay quienes ahogan sus penas otros dan simplemente pena.
Aquella noche pensaba en mis días con capa, corriendo con medias en el frío piso de mi hogar, luchando contra bandidos y ladrones imaginarios, viviendo diría yo. Me acerqué con cautela y me miró feo, posiblemente no la enseñaron a mirar de otra forma o se protegía de los zamuros en busca de carne. La tropecé, a propósito quien sabe, o mi torpeza casual. “Perdón” alcancé a decir cuando su voz sin mediar razones contestó “bueno mijo tu no ves por donde caminas, uy estos bichos, todos iguales, todos tratando de buscar llamar la atención, lo mismo, lo de siempre, zapatea para otro lado”. Sonriendo le dije “caerás como un coquito” y me fui. A lo lejos logré escuchar como furiosa decía “coquito tu abuela, pasado, malandro.”
Olía a lluvia aquella noche, a tierra mojada, sin pensar mucho me paré en el balcón de aquella casa donde todos jugaban, Nabor me buscaba desesperado pues yo era su único ancla en aquel mar revuelto. Me reía solo al pensar que hubiera sido un buen contador de estrellas profesional, contarlas, enumerarlas, darles nombres, sin algún motivo escondido, solo por el placer de darles importancia. El mundo es menos complicado de lo que pensamos, pero hacerlo difícil es el arte de los humanos. Nabor finalmente se paró a mi lado, “no puede ser Policarpio, tu viste eso?, tu viste?, yo me voy a tirar al Guaire a ver si me muero de una vez”.
“Yo tu Naborcito” le dije “me le paro enfrente y le canto sus cosas, sin pasiones, le dices todo, todo lo que llevas adentro, no importa si el bicho ese está jamado, no importa nada”, Nabor quien no podía creer que yo estuviera diciendo eso me dijo “tu estás jodiendo no?, no pude evitarlo y sonreí de nuevo, por supuesto que estaba jodiendo, yo creo en dejar seguir y no en impedir, mi sonrisa fue interrumpida por la cara de pocos amigos de la dama de ojos amarillentos que por casualidad pasaba por ahí y pensó que le sonreía a ella, de nuevo volteó su cara e hizo un gesto a sus amigas de desprecio.
La vi parada a lo lejos, en el bar, me acerqué y pedí agua de coco, el barman me dijo “con whiskey?, “no, no hermanazo, solita” le respondí. Después de mi conversación obligada con el barman acerca de todos los imbéciles que pululaban en aquel lugar y sin poder evitar reír al ver que la dama no se podía ir del bar por estar esperando su trago rebuscado le dije “agua de mar, agua de coco ni tu me paras ni yo tampoco”. “Como es eso que voy a caer como un coquito? preguntó, mi risa estremeció el lugar, y volví a decir “como un coquito” y me alejé sin chistar media palabra mas.
Nabor seguía debatiéndose entre el dolor y la irracionalidad, yo por mi parte caminaba en silencio, saludando a todos aquellos de siempre, los mismos, lo mismo. Nabor se hablaba a si mismo, se daba fuerzas, buscaba entender lo incomprensible de aquella noche, mis pensamientos divagaban, pero había uno recurrente que me incomodaba, Nabor sudaba frío al pensar que las cosas habían cambiado, yo hace tiempo había entendido que el cambio no es necesario pero nos obliga a aceptarlo.
Siempre me he preguntado como puede ser tan fácil convertirse en una estadística, no he conseguido la respuesta. El grito sordo acompañado de un tiro al aire hizo que el disc jockey apagara la música. Me lo habían contado pero no lo creía, una banda de ladrones, liderada por Armando Yael se dedicaba a atracar fiestas de “niños bien” en el valle de cemento. Armando y sus secuaces entraron vestidos de frac, con bolsas de plástico en mano para obligar a todo el mundo a entregar sus pertenencias.
Nabor quien solo tenía un propósito en mente ya había comenzado a moverse, sin darse cuenta de lo que sucedía se topó con uno de los secuaces de frac, pensando Nabor que se trataba de aquel que le había arrebatado su mas preciado tesoro le echó un vaso de vodka en la cara y lo retó a una pelea. El ladrón sin pensarlo le disparó, una bala fría atravesó el cuerpo de Nabor, el terror y la confusión se apoderaron del lugar, Armando Yael trataba de calmar el ambiente para proseguir con el robo pero el disc jockey tenía en mente otra cosa.
La música estridente golpeó mis oídos, siempre he aprovechado los momentos de caos para obtener lo que deseo. Saqué mi china y disparé a la frente de Armando quien cayó al suelo sin entender que sucedía. La multitud se tomó justicia en sus manos y comenzaron a linchar a los hampones. Dos pensamientos cruzaron mi mente, Nabor herido y la dama de ojos amarillos, parece mentira como nuestra mente no sabe como ordenar las prioridades cuando de aquello se trata.
De un brinco salté a la pista de baile donde la banda de ladrones, “Los Manhattan”, como eran conocidos eran ahora birlados por la multitud. Agarré a Nabor y corrí hacia la puerta, sus ojos pálidos y vidriosos ahora parecían abandonarle, su mirada fijada en el firmamento me recordaban mi trabajo de contador de estrellas, su dolor aún latente esbozaba la fiel verdad del momento. “Nabi, Nabi” gritaba Vanessa, mientras yo de reojo veía como su acompañante la ponía en su sitio. Al levantar la mirada alcancé mi objetivo, la agarré de la mano y la saqué de la fiesta.
Afuera y con Nabor delirando nos subimos al carro, la sorprendida dama quien reclamaba mi osadía de haberle sacado de aquel lugar además de seguir preguntando como era la historia del coquito gritaba que Nabor se estaba muriendo, Nabor quien no entendía que pasaba gritaba “si yo lo que quiero es morirme”, yo miraba hacia delante, y trataba de explicarle a la dama de ojos amarillos que era por su bien que la había sacado de la fiesta. Ella aún sin convencerse exigía respuestas inmediatas. Nabor moría, de una bala y de un sentimiento, la dama gritaba pues no solo estaba en presencia de aquel hombre que poco a poco se apagaba sino que yo no contestaba su pregunta acerca del coquito.
En la sala de emergencia de aquel hospital un médico se acercó y me informó que Nabor viviría, la bala simplemente le había quitado un poco de grasa de su prontuaria barriga. Sus familiares llegaban y hacían las mismas preguntas y los mismos comentarios, en eso vivimos en lo mismo que sucedió ayer. Me despedí de Nabor quien todavía en su delirio no lograba poner las piezas del rompecabezas en orden, trató de hablarme de su pena pero me retiré para que pudiera descansar.
Afuera aquella dama aún esperaba por una respuesta, tomándole de la mano caminamos hacia el carro, después de mirarla de arriba abajo me limité a decir “como ves caíste como un coquito, menos mal que te tengo la mano agarrada para que no te pegues con el suelo……”
Friday, July 20, 2007
Caminandito...
Salí, simplemente me deslicé, sin que nadie se diera cuenta, así como había aprendido años atrás, mientras ellos planeaban su venganza yo me escapaba en silencio. Su mirada perdida buscaba aquello que le arrebataron, su paso pausado y sin rumbo se mezclaba con el atardecer, su odio inclemente se veía por doquier. Llevaba encima el dolor de la verdad, andaba sola, contando una a una las cosas que había robado, tratando de darse respuestas y preguntándose por siempre si en realidad la estafa cometida había dado frutos. El que hace el mal busca ver la producción de aquello que ha sembrado, si solo encuentra tierra seca entonces enfurece.
Eran días iguales de la historia, de esos donde no hay mucho que decir y mas bien hay que esperar. Desde pequeño me gustó observar las nubes, sus formas y movimientos, aún desconozco la razón, quizás es que desde arriba se ve todo mejor, pero sin dejar de olvidar que igualmente perdemos la cercanía. Aquella nube tenía un color distinto, un halo de misterio, de no ser tan distraído me hubiera dado cuenta de inmediato que esbozaba una forma de flecha, una flecha que sin dar lujo de detalles me indicaba hacia donde ir, donde buscar, como siempre algún secreto que develar. La nada me ha perseguido o simplemente yo la encontré.
A un paso pausado me dirigía sin rumbo definido, pude ver de reojo como aquel camión le pasaba por encima a aquel transeúnte, dejándolo frisado al piso, asfalto y maldad en un solo cuadro. La curiosidad me invadió, a veces creo que es mejor seguir sin preguntar, pero de no preguntar perdemos la capacidad de reclamar. Como quien no quiere la cosa me acerqué para ver su maletín escachado, lleno de dinero, de dinero que seguramente había robado, pues al ver su cara maltratada supe de inmediato de quien se trataba. Pensé por unos instantes si en realidad se hace justicia o la suerte no es más que el orden en que nos pasan las cosas.
La multitud miraba con asombro aquel dantesco espectáculo, “alguien lo conoce? gritaba un viejo sin dientes, “estará vivo? decía una dama emperifollada, una madre alejaba a su niño mientras le decía que eso le pasaba a las personas malas, en efecto, eso le pasa a las personas malas, malas como aquel ladrón, ladrón educado y reconocido, de buena familia y delicados modales, pero ratero al fin. Una ambulancia propia de los años cincuenta se acercó, sus dos integrantes se bajaron y parecían perder la vida al ver todo aquello, el cuerpo inerte miraba hacia el cielo, posiblemente adonde no irá o quien sabe si le perdonarán en su viaje, su mano aún sujetaba el maletín, a veces pienso que negociaba con aquel querubín que lo había venido a recoger para comprar su entrada, su pase al infinito.
El chofer de la ambulancia perdía la vista al ver aquella cantidad de dinero, nunca antes había puesto sus ojos en una suma tan grande, con cuidado y fingiendo tratar de resucitar a aquel cuerpo se acercaba el maletín, por un momento pensé dejarlo escapar con el botín, en definitiva yo conocía al personaje de la fatalidad y no me importaba en lo mas mínimo su legado. Fue allí cuando el chofer se levantó y trato de correr con el maletín, directo hacia mi persona, me clavó el maletín en el pecho y por si fuera poco resbaló y terminó en la acera con un hueco en la cabeza, en ese instante aparecía uno de los primos del hombre fallecido y su mirada se posó en mi, el maletín estaba en mis manos, y estos personajes que desde tiempos inmemoriales me han odiado lanzaron su cacería de inmediato. “Coño” pensé, “porqué estas vainas me pasan a mi?
Mis instintos se apoderaron y no me quedo otra que seguirlos, corrí. Por plena Avenida Fuerzas Armadas iba acelerando, con un maletín en mis manos, de aquel que me había robado tiempo atrás, sería esta mi venganza, finalmente había llegado la hora de devolverme lo sustraído. El primo del difunto y dos monigotes mas avanzaban detrás de mí, “suéltalo odiado Policarpio” les escuchaba gritar mientras comenzaba a sentir las gotas de sudor corriendo por mi espalda, pisé a unos cuantos buhoneros en mi carrera hacia la libertad, y sin muchas opciones para esconderme decidí tomar una decisión rápida, sin lugar a dudas la batica blanca de “chefito” o vendedor de perros calientes me quedaba muy bien.
Desde niño soñé con hacer aquello, preparar perros calientes en la calle, llenar los vasitos de Coca-Cola con aquellas maquinitas, usar las pinzas para poner la cebolla, el repollo y la zanahoria encima de la salchicha, y como olvidar los potes de salsas que adornaban aquel majestuoso platillo occidental. No me costó mucho convencer al dueño del carrito de perros, saqué unos de los fajos de billetes del maletín y le dije que ser “chefito” por un día era uno de mis mayores anhelos en la vida, el hombre extrañado pero feliz por la cantidad de dinero me prestó su bata y así comencé a despachar perros por doquier.
Aún puedo recordar su mirada, una de esas que no pertenecía a ese lugar, su acento sifrino clásico y su andar rápido, preocupado. “Me das una Pepsi? dijo con desprecio en su tono peculiar. No pude evitar mi posición de “chefito” para decirle algo típico, algo que sabía le molestaría pero este era mi única oportunidad de ser perrocalentero en esta vida, “como no mi nubecita de Parque del Este” le dije, a lo que ella me miró muy feo y me dijo “dame mi Pepsi, balurdo, atrevido, pasado, yo no soy nubecita de nadie”. “Por cierto” le dije “ aquí no hay Pei-si, solo Kolita o Chinotto”, ella con desdén me dijo “ay no chico, que chimbo eres, me voy”. En ese preciso instante y con mi racha para las desgracias apareció el primo, el primo del difunto quien después de correr atrás mío había decidido tomarse un refresco.
Traté de bajar la cabeza sin aval, de inmediato me reconoció y sacó su pistola, sin pensarlo agarré un cuchillo que usaban para cortar el pan y tomé como rehén a aquella dama, con la otra mano sostenía el maletín y amenacé con cortarle la yugular sino me dejaban escapar en paz. El primo del difunto solo pensaba en el dinero, yo solo quería escapar y aquella mujer posiblemente se preguntaba como era posible que su cuerpo le hubiera pedido una Pepsi en ese lugar feo y sucio, que además tenía un “chefito” pasado que la secuestraba con un cuchillo y por si fuera poco perseguido por tres monigotes armados.
“Vamos para tu carro” le dije a la dama, sus ojos amarillentos brillaban de rabia, creo que prefería a los matones en busca del botín que a mi, pero yo tenía el cuchillo en su garganta. “Y como sabes que yo tengo carro”, en ese momento y ya hablando en mi voz normal, sin el acento de “chefito” le dije “ todas las sifrinas como tu tienen carro, así que vamos”. “Ah, míralo a él” dijo “y tu que haces vestido de ‘chefito’?, un estudio socio-económico acerca de la realidad de los perrocalenteros venezolanos?, la verdad me hubiera gustado contestarle, pero en ese momento mi vida corría peligro, simplemente me limité a decir “deja el peo.”
Arrastrándola logré hacer que se montara en el carro, el cual prendí después de quitarle la llave y escuchar algunas tonterías de cómo le iba a dañar su precioso Volkswagen Golf si no tenía cuidado. Acelerando a todo lo que daba me interné en las calles del centro de la ciudad. “Y entonces?, dijo ella “ahora vas a pedir un rescate por mi?, de nuevo la miré fijamente con ganas de estrangularla, pero muy decentemente le dije “que secuestro ni que nada, simplemente voy a escapar de los bichos esos y te devuelvo tu carro, tu vida, tu todo, es mas y hasta te doy unos reales del maletín este”. Ella hizo cerca de trescientas sesenta y ocho preguntas en cuestión de cinco minutos, yo solo me concentraba en la carretera, ya en el espejo retrovisor veía como el primo del difunto y sus monigotes se acercaban.
“Me vas a chocar el carro de mi papi” gritaba enfurecida la niña mientras trataba de hacerme frenar, igualmente me decía que tenía que volver a la oficina pues la temporada estaba en pleno auge, yo la única temporada que conocía era la del baseball así que no le presté ninguna atención. A la altura de la Base Aérea Francisco de Miranda decidí tomar una medida radical, era ahora o nunca y sin pensarlo atravesé la reja que resguarda la base militar en pleno corazón de Caracas, corriendo por la pista de despegue mientras los soldados del régimen disparaban sin saber que ocurría la dama me seguía insultando y además ahora me golpeaba con su cartera. El primo del difunto usó el hueco que había dejado en la reja para continuar la persecución, para ese momento los soldados habían tomado posiciones y dispararon un mortero que dio directo en el capó del nuevo Mercedes Benz que manejaba aquel monigote, el carro incendiado y los hombres huyendo fue lo último que alcancé a ver antes de huir por el lado opuesto donde había penetrado la base.
“Eres de lo peor” gritaba la dama, “suéltame y vete de mi vida”, de que vida pensaba yo, si solo la conocía por accidente y por solo veinte minutos, “todos los hombres son iguales” decía ella, “si claro, todos igualitos”. “Disculpa” alcancé a decir mientras ella continuaba con su letanía, “necesito un favor mas”, “otro?, otro? que atrevido de verdad”, pero sin darle oportunidad a que dijera que no enfilé el carro hacia la sede las Hermanitas de la Caridad Escondida, coloqué el maletín en el buzón, ellas sabrían que hacer con ese dinero, esa noche sin dudas que un milagro iba a suceder en aquel lugar, algún santo se llevaría el crédito por ese hecho insólito, a mi solo me quedaba sonreír.
Me bajé del carro y la dama me dijo “y entonces?, aquí se acaba el secuestro?, de nuevo pedí disculpas y seguí por mi camino, por el que siempre vine y debo ir, aquel que me tracé y debo continuar, quizás uno que no puedo escapar o que no quiero perder, con altos y bajos, llantos y risas, pero mío al fin. Después de unos pasos sentí como un carro se paraba a mi lado, bajó la ventana y dijo “me invitas una Pepsi?, “yo no tomo Pepsi” dije, “pero te invito una Coca-Cola”, es que a veces, muchas veces, el camino tiene sus sorpresas.
En la televisión se podía ver el magno evento, las Hermanitas de la Caridad Escondida inauguraban la nueva obra, la misma llevaba el nombre de aquel ladrón pues su maletín lo tenía impreso, “Guardería Infantil Abelardo Yepez”, la madre superiora daba las gracias a aquel hombre por su generosidad y lo invitaba a dar la cara para que el mundo supiera que existía. En el más allá Abelardo se revolvía, aún su alma no se acostumbraba a no poder disfrutar la materia, su dinero en manos de esas monjas que tanto odiaba, su urna con bolsillos llena de gusanos y no de verdes, suspiró pues sus riquezas no lo devolverían al terreno, sonrío pues esta vez trataría de engañar a las deidades celestiales para comprar su boleto al cielo…
Eran días iguales de la historia, de esos donde no hay mucho que decir y mas bien hay que esperar. Desde pequeño me gustó observar las nubes, sus formas y movimientos, aún desconozco la razón, quizás es que desde arriba se ve todo mejor, pero sin dejar de olvidar que igualmente perdemos la cercanía. Aquella nube tenía un color distinto, un halo de misterio, de no ser tan distraído me hubiera dado cuenta de inmediato que esbozaba una forma de flecha, una flecha que sin dar lujo de detalles me indicaba hacia donde ir, donde buscar, como siempre algún secreto que develar. La nada me ha perseguido o simplemente yo la encontré.
A un paso pausado me dirigía sin rumbo definido, pude ver de reojo como aquel camión le pasaba por encima a aquel transeúnte, dejándolo frisado al piso, asfalto y maldad en un solo cuadro. La curiosidad me invadió, a veces creo que es mejor seguir sin preguntar, pero de no preguntar perdemos la capacidad de reclamar. Como quien no quiere la cosa me acerqué para ver su maletín escachado, lleno de dinero, de dinero que seguramente había robado, pues al ver su cara maltratada supe de inmediato de quien se trataba. Pensé por unos instantes si en realidad se hace justicia o la suerte no es más que el orden en que nos pasan las cosas.
La multitud miraba con asombro aquel dantesco espectáculo, “alguien lo conoce? gritaba un viejo sin dientes, “estará vivo? decía una dama emperifollada, una madre alejaba a su niño mientras le decía que eso le pasaba a las personas malas, en efecto, eso le pasa a las personas malas, malas como aquel ladrón, ladrón educado y reconocido, de buena familia y delicados modales, pero ratero al fin. Una ambulancia propia de los años cincuenta se acercó, sus dos integrantes se bajaron y parecían perder la vida al ver todo aquello, el cuerpo inerte miraba hacia el cielo, posiblemente adonde no irá o quien sabe si le perdonarán en su viaje, su mano aún sujetaba el maletín, a veces pienso que negociaba con aquel querubín que lo había venido a recoger para comprar su entrada, su pase al infinito.
El chofer de la ambulancia perdía la vista al ver aquella cantidad de dinero, nunca antes había puesto sus ojos en una suma tan grande, con cuidado y fingiendo tratar de resucitar a aquel cuerpo se acercaba el maletín, por un momento pensé dejarlo escapar con el botín, en definitiva yo conocía al personaje de la fatalidad y no me importaba en lo mas mínimo su legado. Fue allí cuando el chofer se levantó y trato de correr con el maletín, directo hacia mi persona, me clavó el maletín en el pecho y por si fuera poco resbaló y terminó en la acera con un hueco en la cabeza, en ese instante aparecía uno de los primos del hombre fallecido y su mirada se posó en mi, el maletín estaba en mis manos, y estos personajes que desde tiempos inmemoriales me han odiado lanzaron su cacería de inmediato. “Coño” pensé, “porqué estas vainas me pasan a mi?
Mis instintos se apoderaron y no me quedo otra que seguirlos, corrí. Por plena Avenida Fuerzas Armadas iba acelerando, con un maletín en mis manos, de aquel que me había robado tiempo atrás, sería esta mi venganza, finalmente había llegado la hora de devolverme lo sustraído. El primo del difunto y dos monigotes mas avanzaban detrás de mí, “suéltalo odiado Policarpio” les escuchaba gritar mientras comenzaba a sentir las gotas de sudor corriendo por mi espalda, pisé a unos cuantos buhoneros en mi carrera hacia la libertad, y sin muchas opciones para esconderme decidí tomar una decisión rápida, sin lugar a dudas la batica blanca de “chefito” o vendedor de perros calientes me quedaba muy bien.
Desde niño soñé con hacer aquello, preparar perros calientes en la calle, llenar los vasitos de Coca-Cola con aquellas maquinitas, usar las pinzas para poner la cebolla, el repollo y la zanahoria encima de la salchicha, y como olvidar los potes de salsas que adornaban aquel majestuoso platillo occidental. No me costó mucho convencer al dueño del carrito de perros, saqué unos de los fajos de billetes del maletín y le dije que ser “chefito” por un día era uno de mis mayores anhelos en la vida, el hombre extrañado pero feliz por la cantidad de dinero me prestó su bata y así comencé a despachar perros por doquier.
Aún puedo recordar su mirada, una de esas que no pertenecía a ese lugar, su acento sifrino clásico y su andar rápido, preocupado. “Me das una Pepsi? dijo con desprecio en su tono peculiar. No pude evitar mi posición de “chefito” para decirle algo típico, algo que sabía le molestaría pero este era mi única oportunidad de ser perrocalentero en esta vida, “como no mi nubecita de Parque del Este” le dije, a lo que ella me miró muy feo y me dijo “dame mi Pepsi, balurdo, atrevido, pasado, yo no soy nubecita de nadie”. “Por cierto” le dije “ aquí no hay Pei-si, solo Kolita o Chinotto”, ella con desdén me dijo “ay no chico, que chimbo eres, me voy”. En ese preciso instante y con mi racha para las desgracias apareció el primo, el primo del difunto quien después de correr atrás mío había decidido tomarse un refresco.
Traté de bajar la cabeza sin aval, de inmediato me reconoció y sacó su pistola, sin pensarlo agarré un cuchillo que usaban para cortar el pan y tomé como rehén a aquella dama, con la otra mano sostenía el maletín y amenacé con cortarle la yugular sino me dejaban escapar en paz. El primo del difunto solo pensaba en el dinero, yo solo quería escapar y aquella mujer posiblemente se preguntaba como era posible que su cuerpo le hubiera pedido una Pepsi en ese lugar feo y sucio, que además tenía un “chefito” pasado que la secuestraba con un cuchillo y por si fuera poco perseguido por tres monigotes armados.
“Vamos para tu carro” le dije a la dama, sus ojos amarillentos brillaban de rabia, creo que prefería a los matones en busca del botín que a mi, pero yo tenía el cuchillo en su garganta. “Y como sabes que yo tengo carro”, en ese momento y ya hablando en mi voz normal, sin el acento de “chefito” le dije “ todas las sifrinas como tu tienen carro, así que vamos”. “Ah, míralo a él” dijo “y tu que haces vestido de ‘chefito’?, un estudio socio-económico acerca de la realidad de los perrocalenteros venezolanos?, la verdad me hubiera gustado contestarle, pero en ese momento mi vida corría peligro, simplemente me limité a decir “deja el peo.”
Arrastrándola logré hacer que se montara en el carro, el cual prendí después de quitarle la llave y escuchar algunas tonterías de cómo le iba a dañar su precioso Volkswagen Golf si no tenía cuidado. Acelerando a todo lo que daba me interné en las calles del centro de la ciudad. “Y entonces?, dijo ella “ahora vas a pedir un rescate por mi?, de nuevo la miré fijamente con ganas de estrangularla, pero muy decentemente le dije “que secuestro ni que nada, simplemente voy a escapar de los bichos esos y te devuelvo tu carro, tu vida, tu todo, es mas y hasta te doy unos reales del maletín este”. Ella hizo cerca de trescientas sesenta y ocho preguntas en cuestión de cinco minutos, yo solo me concentraba en la carretera, ya en el espejo retrovisor veía como el primo del difunto y sus monigotes se acercaban.
“Me vas a chocar el carro de mi papi” gritaba enfurecida la niña mientras trataba de hacerme frenar, igualmente me decía que tenía que volver a la oficina pues la temporada estaba en pleno auge, yo la única temporada que conocía era la del baseball así que no le presté ninguna atención. A la altura de la Base Aérea Francisco de Miranda decidí tomar una medida radical, era ahora o nunca y sin pensarlo atravesé la reja que resguarda la base militar en pleno corazón de Caracas, corriendo por la pista de despegue mientras los soldados del régimen disparaban sin saber que ocurría la dama me seguía insultando y además ahora me golpeaba con su cartera. El primo del difunto usó el hueco que había dejado en la reja para continuar la persecución, para ese momento los soldados habían tomado posiciones y dispararon un mortero que dio directo en el capó del nuevo Mercedes Benz que manejaba aquel monigote, el carro incendiado y los hombres huyendo fue lo último que alcancé a ver antes de huir por el lado opuesto donde había penetrado la base.
“Eres de lo peor” gritaba la dama, “suéltame y vete de mi vida”, de que vida pensaba yo, si solo la conocía por accidente y por solo veinte minutos, “todos los hombres son iguales” decía ella, “si claro, todos igualitos”. “Disculpa” alcancé a decir mientras ella continuaba con su letanía, “necesito un favor mas”, “otro?, otro? que atrevido de verdad”, pero sin darle oportunidad a que dijera que no enfilé el carro hacia la sede las Hermanitas de la Caridad Escondida, coloqué el maletín en el buzón, ellas sabrían que hacer con ese dinero, esa noche sin dudas que un milagro iba a suceder en aquel lugar, algún santo se llevaría el crédito por ese hecho insólito, a mi solo me quedaba sonreír.
Me bajé del carro y la dama me dijo “y entonces?, aquí se acaba el secuestro?, de nuevo pedí disculpas y seguí por mi camino, por el que siempre vine y debo ir, aquel que me tracé y debo continuar, quizás uno que no puedo escapar o que no quiero perder, con altos y bajos, llantos y risas, pero mío al fin. Después de unos pasos sentí como un carro se paraba a mi lado, bajó la ventana y dijo “me invitas una Pepsi?, “yo no tomo Pepsi” dije, “pero te invito una Coca-Cola”, es que a veces, muchas veces, el camino tiene sus sorpresas.
En la televisión se podía ver el magno evento, las Hermanitas de la Caridad Escondida inauguraban la nueva obra, la misma llevaba el nombre de aquel ladrón pues su maletín lo tenía impreso, “Guardería Infantil Abelardo Yepez”, la madre superiora daba las gracias a aquel hombre por su generosidad y lo invitaba a dar la cara para que el mundo supiera que existía. En el más allá Abelardo se revolvía, aún su alma no se acostumbraba a no poder disfrutar la materia, su dinero en manos de esas monjas que tanto odiaba, su urna con bolsillos llena de gusanos y no de verdes, suspiró pues sus riquezas no lo devolverían al terreno, sonrío pues esta vez trataría de engañar a las deidades celestiales para comprar su boleto al cielo…
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